LO BUENO DE LLORAR
Silencios cargados en la noche del ocaso.
Por Ana Josefa Silva
Un bar restorán. Al centro, una pareja en una mesa, sentada frente a frente. Tienen copas y tazas vacías a su lado. A su alrededor, algu nas sillas sobre las mesas. No se hablan, tienen sus cabezas gachas y las levantan de cuando en cuando, evitando cruzar sus miradas. Sus dedos juguetean distraídamente con cualquier cosa. El silencio es total. La cámara apenas se acerca, muy gradualmente, y luego, a este plano secuencia sólo entra, al fondo, después de un rato, una empleada del lugar.
Esta primera escena concentra lo que es “LO BUENO DE LLORAR”, el lado B de “En la cama”, la anterior película de Matías Bize en la que una pareja de desconocidos se encierra en un motel a hacer el amor y hablar y decirse cosas que no le han revelado jamás antes a nadie.
“Lo bueno...” también transcurre en una sola noche —es un largo viaje de la noche hacia el día—, solamente que aquí la cámara sigue a una pareja que acaba de terminar su relación y lo que predomina es el silencio. Vera y Alejandro circulan por las calles de Barcelona —en taxi, en metro, caminando, paseando— sin siquiera tocarse. Entran a un supermercado, van a la fiesta de cumpleaños donde los están esperando, se cruzan con un conocido...
Su escasa conversación es del todo trivial... salvo por aquello que surge en el pasillo de luz fría del super. Una frase (una tremenda frase) nos arroja un muy fugaz rayo de luz sobre aquellos insondables motivos que han tenido Vera y Alejandro para separarse.
Pero ni eso altera la atmósfera en que están sumidos.
Ese momento parece definitivo: ya no hay nada que decir. Y sin embargo, el espectador sabe que lo que está viendo es aquella inmensa cantidad de cosas que NO se dice una pareja. Ellos ya han tomado la decisión de separarse, pero se resisten a ponerlo en práctica. (No importa cuánto duela una situación, a veces ponerle fin duele más. “Grey’s Anathomy”).
Porque “Lo bueno...” se detiene a filmar ese momento de una relación cuando las palabras inexorablemente se acaban. Ya ha sido dicho todo aquello susceptible de hacerse verbo y en esos largos instantes no hay ser humano, ni el más preclaro poeta, capaz de traducir los “pendientes”.
Es tan sutil aquello, en todo el relato, que surte el efecto de una película de suspenso... si es que el espectador ha recogido el guante...
La invitación de Bize es a sumarse a la historia, mucho más que como simples voyeristas. Y su cámara es tan seductora que hay que tener la sensibilidad anestesiada como para no dejarse hipnotizar por esa atmósfera cargada, por la desolación que arrojan las miradas de uno y otra, sus silencios elocuentes y el único llanto que hay en la película, el de Vera en el baño de la disco del cumpleaños de su amiga.
Cuando ya todo parece más o menos lo mismo, es conmovedor encontrarse con una película que le recuerda a uno que el cine es asombroso, cuando alguien sabe de qué se trata, en su particularidad, este lenguaje. Independiente de su calidad cinematográfica —este es cine de primerísimo nivel—, y de que desafía a los espectadores a dejar de ser pasivos, hay un valor que la hará universal en el tiempo. Con inmensa sensibilidad, el realizador concentra su mirada en aquel sedimento de dolor que queda en todo final, más si queda un sentimiento que aún está vivo —como ocurre en este caso—, pero que no puede ser, por cualquiera sea el motivo. Su delicadeza radica en que no se detuvo en el detalle doméstico para contar la crónica. Gracias a eso es que cualquiera puede anotársela para sí mismo, porque los espacios en blanco “para llenar” son suficientes.
Nada de lo anterior lo convierte en un filme hermético, ni latero, ni denso. Sí es para paladares finos.
IDEAL
PARA: parejas en puntos suspensivos...
“LO BUENO DE LLORAR”
Reparto:
Vicenta Ndongo, Alex Brendemühl.
Dirección:
Matías Bize.
Chile, 2007.
Duración:
1 hora 20 minutos.
Mayores de 14.
CINÉFILOS 