BUSCADOR
 

VISVIRI,
DONDE EL FUTURO SE VISUALIZA CON HOJAS DE COCA

Por Marcelo Pinto E. / Fotos: Fernando Herrera

Los 300 habitantes del pueblo, ubicado en el límite con Perú y Bolivia, viven a 4.200 metros de altura y en las noches soportan temperaturas bajo cero.Las casas reciben electricidad 5 horas al día. Hay sólo un teléfono público, un almacén y una posta donde los médicos atienden una vez al mes.

Viviana Onofre es tuerta. Perdió el ojo izquierdo hace más de 30 años cuando le cayó un rayo durante una tormenta en el altiplano.

La descarga, que estuvo a punto de matarla, cambió su vida para siempre. Le dejó una profunda cicatriz en el rostro, pero además la convirtió en yatiri: mezcla de adivina, curandera y guía espiritual, según la tradición aymara.


"¡Puro Chile es tu cielo azulado!..". Los visvireños entonan
el himno nacional a capella cuando acuden a la feria dominical del hito tripartito,
donde confluyen las fronteras de nuestro país, Bolivia y Perú.
La bandera de esta última nación flamea al fondo.

"El rayo también le pegó a mi esposo. Tenemos poderes", asegura la mujer, de 60 años, quien lleva puesto un sombrero y largas polleras. La yatiri vive en una casa de barro con techo de paja en Visviri, un pueblo ubicado a 250 kilómetros de Arica, en la frontera con Perú y Bolivia. Donde comienza Chile. Literalmente.

"Vemos el destino con hojas de coca", cuenta. Su voz, aunque solemne, se oye cansada. Es el costo de vivir a 4.200 metros sobre el nivel del mar. Su marido, el boliviano Juan Marca (70), la oye en silencio. Los ojos se le ven apenas, pues lleva puesto un gorro con visera. En Visviri, el frío del atardecer es apenas un anticipo de las temperaturas de 15 grados bajo cero que en esta época del año escarchan al caserío durante la madrugada.


Decadencia comenzó con el fin del tren Arica-La Paz

Todos en el pueblo saben quiénes son los yatiris. Y ellos, a su vez, conocen, uno por uno, a sus vecinos. No podría ser de otra manera. Visviri tiene sólo 8 calles y una población exigua. De 300 habitantes, según el alcalde Gregorio Mendoza (RN). "¡A lo más son 200!", contradice un funcionario local.

Mendoza es aymara. Igual que la inmensa mayoría de los visvireños. Sólo en Carabineros y otros servicios presentes en el poblado -debido a su condición de paso fronterizo- es posible encontrar a personas sin sangre indígena.

A diferencia de otras localidades de la zona, Visviri no es un asentamiento prehispánico. Surgió a mediados del siglo XX, a la vera del ferrocarril Arica-La Paz. El caserío vivió su minuto de "gloria" en 1980 cuando se le designó como capital de la comuna de General Lagos, en la Provincia de Parinacota (I Región).

Visviri llegó a tener más de mil habitantes. Según el alcalde, la decadencia se inició en los '80 con la privatización del tren y empeoró a partir de 2001 cuando los convoyes dejaron de correr.

La pavimentación de la ruta Arica-Tambo Quemado, en los '90, también les jugó en contra. Muchos de los camiones en tránsito a Bolivia escogieron la nueva carretera y no pasaron nunca más por el pueblo.


Viviana Onofre y Juan Marca fueron "ungidos" como "yatiris" por un rayo.

El camino a Visviri tiene dos tramos. Uno de 150 kilómetros -escarpado, pero en buen estado- que va desde Arica hasta Parinacota. Y otro de 100 kilómetros, ripiado, que sale en línea recta desde esta última localidad hacia el límite con Perú y Bolivia.

El segundo trecho avanza junto a minúsculos pueblos y parajes de belleza sobrecogedora. Los volcanes nevados y los bofedales -vegas altiplánicas, donde pastan rebaños de vicuñas, alpacas y llamas- parecen arrancados de una postal.

Los visvireños que tienen auto son escasos. Para hacer el viaje de 5 horas hacia Arica, la mayoría de los vecinos depende de un bus que hace la travesía dos veces por semana. "Lo otro es hacer dedo", cuenta Fernanda Alave (30), quien llevaba parada 4 horas en el camino cuando la recogió un vehículo de este diario.


Se ve sólo un canal de TV

Visviri parece un pueblo fantasma. La plaza y las calles aledañas están casi siempre vacías. Por lo general, el único ruido que se oye es el de los techos de lata sacudiéndose bajo el azote de la ventolera altiplánica. El caserío despierta cuando el sol se levanta sobre la cordillera e ilumina la cumbre amarilla del cercano volcán Tacora. Entonces, algunos vecinos salen tímidamente de sus casas y se sientan en la vereda a charlar. Los más viejos hablan en aymara y visten a la usanza andina.

El resto del día, el movimiento (si se puede usar esa palabra) se da en torno del municipio. Unos pocos van a hacer trámites. Otros, a usar el único teléfono público del villorrio. Cuando se pone el sol, los visvireños se refugian en sus casas y aguardan que sean las 8 de la noche para poder ver televisión. A esa hora comienza a funcionar un generador y los hogares del pueblo reciben electricidad. A la una de la mañana el equipo se apaga y hay que echar mano a las velas.

El único canal que pueden sintonizar es TVN. "Así nos enteramos de las noticias. Aunque casi todas son de Santiago", se queja Esperanza Villanueva, dueña del único almacén de Visviri. Igual que muchos de sus vecinos, está enterada de las penurias del Transantiago, de los pelambres faranduleros y otros temas de actualidad.

La TV es una de las escasas alternativas de esparcimiento en el villorrio. Hasta hace poco funcionó una radio municipal, pero el locutor se fue. Mientras encuentran uno nuevo, "Visviri 95.5" se limita a retransmitir la señal de una estación capitalina. En el intertanto, algunos vecinos optan por sintonizar radios peruanas o bolivianas, donde los ritmos de moda son el requinto y otros estilos que mezclan compases andinos con tropicales.


Los chilenos venden sus cueros a comerciantes peruanos.
Al lado, el monolito que señala el punto exacto donde
convergen los límites de los 3 países.

"Acá falta donde entretenerse", reclama Beatriz Blas (18), una joven aymara que hace una práctica en el municipio. Cuando disponen de unos pesos, los visvireños bajan a Arica. Todos conocen la ciudad del morro. Son pocos, en cambio, quienes han ido a Santiago. Esperanza Villanueva se cuenta entre ellos: "Es grande y rápido. En el metro yo gritaba: ¡pare para bajar!".

La virtual inexistencia de denuncias en el libro de guardia de la tenencia local es un indicio de la pasividad del poblado. "Es sumamente tranquilo. La delincuencia no está en la idiosincrasia aymara", asegura el teniente Alfonso Verdugo, cuyo personal se dedica más que nada al control de las fronteras.

Ni siquiera los más jóvenes causan problemas. "Los chicos son tranquilos. La droga no se ve por acá", explica Manuel Ríos, director de la escuela-internado de Visviri. El establecimiento tiene 38 alumnos, 25 de ellos internos. Hay dos cursos integrados: 1º a 3º básico y 4º a 6º básico. Y otros dos separados: 7º y 8º básico.

En los '80, cuando aún no era internado, la matrícula llegaba a los 100 estudiantes. "Es un reflejo del despoblamiento. La comuna se hace vieja", alerta Ríos. Al terminar octavo, los muchachos abandonan Visviri. Por lo general, el destino es Arica, donde cursan la enseñanza media gracias a becas indígenas. De ellos, prácticamente ninguno regresa: La amenaza de la cesantía puede más que la nostalgia. "Si aquí hubiese algo que hacer volverían", sostiene el maestro.

Juvenal Maita (14), de octavo, sabe que el próximo año deberá hacer las maletas. "Acá me gusta, pero no hay pega. Cuando salga de media quiero ir al sur".

Para sus abuelos, el altiplano era una barrera infranqueable. Gracias a la TV e internet, Juvenal y sus compañeros saben que hay un mundo distinto más allá de los cerros nevados. "Acá veo tele y navego. Estamos al tanto. Del smog en Santiago, de los problemas con las micros", enumera Claudio Blas (13), hincha del reggaetón.

A un par de cuadras de la escuela está la posta. No hay doctores permanentes y la atención está a cargo de dos paramédicos, quienes cuentan con una ambulancia. "Los casos más complicados van a Putre o Arica", explica Miguel Corrales (24).

La posibilidad de contratar a un doctor para la posta está descartada. "El costo mensual sería de $3 millones. Y no los tenemos", advierte el alcalde Mendoza. Los visvireños deben conformarse con los médicos que "suben" una vez al mes.


Alcalde pide luz y pavimentación

La escualidez de las arcas municipales se relaciona, a juicio de Mendoza, con una supuesta despreocupación del gobierno por su comuna. "Como acá hay poca gente, la autoridad no invierte. Aquí hacemos soberanía. ¡Deberían valorarlo!", reclama.


Solo las calles que rodean la plaza tienen adoquines . Las demás son de tierra.

Visviri tiene, según él, dos necesidades urgentes: suministro eléctrico las 24 horas del día y la pavimentación de la ruta que une al pueblo con Parinacota. "Hay un despoblamiento. Los jóvenes se van. ¿Qué les puedo ofrecer? ¡Nada!", reconoce.

El alcalde está seguro de que la ejecución de ambos proyectos modernizaría la ganadería, única actividad productiva del caserío, donde el ingreso familiar promedio bordea apenas los $100 mil. "Pasaríamos de la subsistencia al procesamiento industrial de la lana y la carne de los camélidos. ¡Hay mercado!", afirma.

La voz de Mendoza se confunde con el silbido del viento frío que se cuela a través de las ventanas del municipio. Es de noche y los techos de lata siguen sacudiéndose en Visviri.

El gran evento: la Feria del Tripartito

En el pueblo no hay cine. Bar, tampoco. Disco, menos. ¿Restoran? Idem. La oferta culinaria se reduce a 4 casas de pensión donde cocinan alpaca y llama con arroz.

El gran "evento" de la semana es la "Feria del Tripartito". Se desarrolla cuando los visvireños se trasladan en masa al hito donde convergen las fronteras de Chile, Perú y Bolivia. Unos venden cueros; otros, neumáticos y tambores plásticos viejos. Antes de iniciar las transacciones, interpretan a capella el himno nacional, mientras los carabineros izan la bandera. Hombres y mujeres se forman por separado y cantan en posición firme. "Es una forma de hacer soberanía e integración", plantea el teniente Alfonso Verdugo.

Los chilenos se ubican en la cima de una loma, junto al hito. Peruanos y bolivianos se instalan, por separado, a 200 metros. Los puestos al otro lado de la frontera son surtidos. Ofrecen frutas, comida al paso... y hasta fetos de llamas para ritos indígenas

 

Matrimonio y sus hijas viven con $80 mil: venden pan y tienen 5 alpacas

Isidro Flores (41) le teme al puma. "El león", como él lo llama con respeto.

"Se comen a nuestros animalitos. Dan miedo. ¡Son grandes!", cuenta.

Como casi todos los visvireños, Isidro y su familia crían alpacas. "Tenemos cinco", explica orgulloso.

El y su señora, Juana Melchor (35), se turnan con otros familiares para cuidar a los animales. "Salimos a las 6 de la mañana y volvemos en la noche".

Aunque la vida en Visviri es sacrificada, a Isidro y Juana les gusta el pueblo. "Es tranquilo. La gente es buena. Falta sí un doctor en la posta, un liceo para que los niños no se vayan y la luz", enumera ella. Las dos hijas del matrimonio -Ximena (8) y Elizabeth (6)- los oyen en silencio y asienten con la cabeza.

La rutina diaria de los Flores-Melchor casi no tiene variaciones.

"A las 8 las niñas se van solitas a la escuela (distante 300 metros). A esa hora yo ya estoy con los animales. Si no voy, hago trabajitos pequeños como carpintero o albañil, cuando hay. Y mi señora, algunos días, hace pan", explica Isidro.


Isidro Flores y su esposa -en la foto con un sobrino- quieren que sus hijas
estudien para que no tengan que cuidar rebaños cuando crezcan.

Sin complicaciones, reconoce que su esposa sostiene la casa: "Compró el horno con un subsidio. Gracias a eso nos hacemos como 80 luquitas al mes".

Por las tardes, las niñas regresan a la casa, hacen sus tareas e intentan divertirse. "Me gustaría que hubiera más gente para jugar", confidencia tímidamente Ximena. "Y alguna vez ir a un zoológico y ver un oso", agrega espontáneamente.

En la noche, el único pasatiempo de la familia es la TV: "Pero estamos bien acá. No nos acostumbraríamos en la ciudad", reflexiona Isidro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
Términos y Condiciones de la información © Empresas El Mercurio S.A.P., editor del diario La Segunda.