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REIGOLIL,
SE REFLEJA EN SU HIT: "VIDA DE MI VIDA", DE "LOS CUATREROS"

Por Paulina Salcedo G. / Fotos: Ricardo Abarca

En la cordillera de la IX Región está esta villa de 313 habitantes.El caballo reemplaza a la ambulancia, y el alcohol acompaña la soledad.

Luzvenia Quintonahuel se retuerce de dolor.

Las náuseas se repiten sin cesar y los calmantes ya no le hacen efecto. Está recostada en un colchón tirado en el suelo, en medio de una de las oscuras piezas de su modesta casa, en Flor del Valle, uno de los sectores de Reigolil, en la cordillera de la IX Región. El abundante humo de la estufa a leña hace casi irrespirable el aire y el frío se cuela por todos los rincones.

A media hora de allí, el paramédico de la posta de Reigolil, Luis Manquel, inicia una larga caminata por la nieve para ir en su rescate. Forrado en un impermeable amarillo y con botas de agua, trata de seguir la débil huella que se dibuja en la gruesa capa de nieve para llegar a la casa de Luzvenia.


Una larga travesía debió hacer Luzvenia para poder llegar al hospital.
El paramédico Luis Manquel recorre a diario estas nevadas tierras para atender a sus enfermos.

Tras atravesar una vieja pasarela de madera que cuelga sobre el río Maichín, Manquel llega hasta el hogar de la mujer. Allí, un poco ajenos a lo que pasa, los hijos de Luzvenia, Marcela y Félix corretean por la nieve, apenas abrigados con unos delgados chalecos.

"Aquí es muy duro todos los inviernos. Nos quedamos aislados y se nos corta la luz. Llevamos dos semanas sin electricidad. Estamos a puras velas", se lamenta Ricardo Colpihueque, marido de Luzvenia.

El paramédico examina a la dolorida mujer y sentencia: "Es un ataque a la vesícula. Hay que trasladarla".

La única forma de hacerlo es... a caballo.


Una larga calle de 800 metros es todo Reigolil.

A duras penas, y con una botella de suero colgando de su brazo, la mujer se sube a una yegua que inicia su complicado viaje por la nieve. La pasarela colgante no aguanta el paso del animal, por lo que "Pinta", con su débil pasajera en el lomo, se lanza a las gélidas aguas del Maichín. Sus patas resbalan peligrosamente, pero logra afirmarse y cruzar. Poco después, Luzvenia llega al camino de ripio donde la espera la camioneta que la llevará al hospital de Pucón.

En Reigolil -que en mapudungún significa "rey brujo"- esta historia es de todos los días. Sus 313 habitantes, que viven pegados a la frontera con Argentina (distante a 6 kilómetros), padecen el aislamiento extremo.

A esta pequeña aldea -sólo 800 metros separan al letrero que da la bienvenida a Reigolil, del que despide a quienes pasan por allí- no llegan la radio ni la TV abierta. Menos aún, el celular. Al estilo Cachiyuyo, sólo existe un teléfono público (satelital) que, cuando se corta la luz, queda mudo.

Tampoco hay agua potable ni alcantarillado. Para surtirse, los reigolinos se nutren de un estero cordillerano. Pero cuando caen fuertes nevazones, se congelan las cañerías y no les queda otra que derretir nieve o baldear agua del río.

Ese es el mal de todos los inviernos. Dos y hasta tres metros de nieve cortan varias veces -y por muchos días- el sinuoso camino de ripio de 40 kilómetros que los conecta con Curarrehue. Una ventana "climática" entre dos grandes nevazones permitió a "La Segunda" llegar hasta este encajonado sector donde predomina la población mapuche que subsiste criando animales y vendiendo durmientes.

"La gente vive encerrada"

Su única calle luce prácticamente desierta. La vida es puertas adentro. No hay una fuente de soda ni un lugar de recreación. "Aquí la gente vive encerrada. Y como no hay trabajo, se la pasa tomando trago", se queja Silvia Quintonahuel, que vive sola con sus tres hijos porque "mi marido es alcohólico y nos abandonó".

Mientras calienta agua en una olla "para bañar a las niñas cuando lleguen de la escuela", cuenta que la vieja TV que tiene sólo le sirve para ver películas en video y que su radio está de adorno "porque aquí no pesca na'...".


Tres semanas sin ir a clases, por el mal tiempo, llevan Marcela y Félix.

Pocos metros más allá de su humilde casa -hecha de tablones, plástico y cartones-, vive la señora Isolina. En mayo de 1991 su marido Eliseo Quintonahuel fue asesinado de un tiro por un gendarme argentino, en un hecho que fue calificado como netamente policial por ambos gobiernos.

El guardia trasandino Walter Opazo, junto a otro gendarme, había cruzado la frontera para investigar el robo de animales. Al regresar, Opazo -que fue condenado a tres años de presidio- se detuvo en el hogar de Eliseo Quintonahuel y lo mató.

"Mi hijo llegó y me dijo "Mami, a mi papi lo jodieron". Casi me morí...", recuerda la viuda. Después de esa tragedia, Isolina no volvió a subir a esas tierras de su marido "porque me da mucha pena".

Mientras corretea a sus gallinas, cuenta que a Cecilia Bolocco no la ubica y que nunca ha ido a Santiago. Lo que sí recuerda es la visita de Ricardo Lagos a Reigolil el 2006: "Todos cooperamos con plata para hacer un almuerzo. Bien agradecido se fue el hombre con la comilona que le dimos", dice riendo.

El "día de pago" -el 20 de cada mes, cuando se entregan los subsidios y pensiones en Reigolil- se quiebra la tranquilidad en el poblado. "Se llena de gente. Los campesinos 'carnean' sus animales y aprovechan de vender porque saben que las personas bajan de los alrededores y se aprovisionan aquí", cuenta Juan Carlos Donoso, dueño del supermercado ECA.

El tiene, además, otro local donde vende alcohol: en invierno alcanza ventas mensuales de $700 mil en vino y licores. Y en verano llega a los $2 millones por mes. Una cifra llamativa considerando que el ingreso promedio familiar de los reigolinos es de $74 mil.

El alto consumo de alcohol pena en esta localidad. Según el jefe del retén de Reigolil, Gonzalo Robles, los delitos más frecuentes son la violencia intrafamiliar y las lesiones con arma blanca, ambos asociados a la ingesta de trago. Este fenómeno también lo ha visto el paramédico Manquel, quien calcula que en el 70% de las 168 familias que atiende "él o ella beben".


Silvia Quintonahuel y su hija Natalia que, a los 16 años, ya es mamá.

Manquel está a punto de cumplir un año -"muy sacrificado"- en la posta: "Para estar aquí, hay que tener mucha voluntad y una autoestima muy alta. Hay que saber arreglárselas solo".

En promedio atiende a 30 personas diarias. Hace curaciones, entrega la leche, parte cerro arriba a buscar enfermos... solo. Una ronda médica sube a Reigolil únicamente dos veces al mes. "Esto es igual que el Padre Hurtado. Hay que dar hasta que duela. Ver hasta cuánto se puede durar", comenta.

Lo mismo siente el director de la escuela Ruka Manke, Richard López: "Algunos piensan que Chile es Santiago. Aquí hay poca gente, pero están haciendo soberanía, con una vida muy dura".

El baile entretiene a los alumnos de la escuela, la "joyita" de Reigolil, con computación, internet y TV satelital.

Un par de cuecas y luego los chicos siguen el ritmo que hace furor en esta localidad: las rancheras sound de "Los Charros de Lumaco" y el hit del momento: "Vida de mi vida", de "Los Cuatreros".


La viuda Isolina Quintonahuel no ubica a Cecilia Bolocco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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