PAPOSO,
CALETA DE NIÑOS QUE LE TEMEN AL MAR
Por
Miguel Ortiz A. / Fotos: Alfonso Díaz
Una
vieja superstición manda no reírse de los bolivianos... de lo
contrario el océano se tragará al poblado.No tienen red de agua
potable: los 230 habitantes deben subsistir con los pocos litros que cada
semana les lleva la municipalidad de Taltal.
En
Paposo nadie se ducha.
Como
no hay red de agua potable, un camión aljibe de la municipalidad de
Taltal les lleva 20 litros por persona, una vez a la semana.
Y eso -¿es necesario aclararlo?- "sólo nos alcanza para
limpiarnos el cuerpo con una esponja, los jueves, cuando nos llega el agua.
El resto nos tiene que rendir para consumir y cocinar", confiesa Amalia
Riquelme, la panadera del pueblo que abastece a los 230 habitantes de esta
paupérrima caleta de pescadores, perdida a 190 kilómetros al
sur de Antofagasta (II Región).

Las familias se organizan de tal forma
que los "turnos"
para llevar a los niños a la escuela es tarea de las mujercitas.
Tragicómico entonces el nombre con que los changos bautizaron este
enclave indígena en 1679: en quechua Paposo significa "aguas cristalinas"...
de esa que no tienen en los hogares, pero que pinta de azul turquesa la indómita
costa nortina.
Aurelio Mondaca nació en Paposo, tiene 78 años y nunca ha salido
del pueblo. "No hay para qué", asegura. Con senil sabiduría
explica que "cada vez que alguien sale, después llega contando
puros problemas... que todo es caro, que lo asaltaron, que la contaminación.
Quizás cuando joven podría haberme animado a conocer otros lugares,
pero no lo hice y ya se me pasó hace rato mi cuarto de hora. No estoy
para esos trotes".
Energía que de la que sí gozan los 70 niños (de 1°
a 8° básico) que atiborran la escuela "Paranal". Todos,
por cierto, en tres salas de clase, agrupados por "ciclos", tal
como cuenta Giovanna Castillo, la directora del recinto. El orden de los cursos,
sin embargo, es lo más sui géneris que hay: "Los agrupamos
según la conducta que tienen, así logramos que estén
motivados y se esmeren por ser promovidos al mejor equipo", explica Castillo.
Así, si bien hay veces en las que los contenidos exigen nivelar por
edad -como sucede con Historia y Matemáticas-, las aulas suelen acoger
al mismo tiempo a niños de 6 hasta 14 años.

En idioma quechua, Paposo significa
"aguas cristalinas",
y así es en este mar de aguas templadas, plácidas y sin contaminación.
La Segunda se coló a una clase de arte donde la profesora Marcia Aldana
(madre de dos de sus alumnos) les pidió recortar figuras y pegarlas
en una cartulina. "¿Cuál es la característica principal
de un cuadrado?", pregunta la maestra. "Que todos tienen forma cuadrada",
responde Ismael, de 7.o básico. Karina, quien va en 3°, se ríe
en su pupitre. "¿Por qué esa risa?", dice la profe...
"Porque hay algunos cuadrados que son más redondos que otros",
le retruca, segura de sí misma, la niña. El sepulcral silencio
se quiebra con el campanazo de recreo. "Tienen una pequeña confusión",
se excusa con nosotros Marcia, y suspira: "Habrá que reforzar
algunas ideas centrales sobre lo que son las figuras geométricas".
Prohibido reirse de Bolivia
Las labores de pesca comienzan temprano en la caleta. Pascual Tinte (44) es
uno de los "capos" en el buceo para capturar erizos. Siempre lleva,
"por si las moscas", un arpón: "A veces se nos cruza
un congrio y hay que estar preparado". En el muelle lo esperan sus socios
del sindicato que negocian con el dueño de un restaurant de Taltal.
"A los que vivimos de las pesca nos va mejor que a quienes se dedican
a la minería. A ellos les pagan mejor, es cierto, pero no tienen calidad
de vida. Yo almuerzo con mis hijos y me acuesto tempranito... si es que no
me junto a cervecear con los amigos", cuenta Tinte.

Una vez al mes llegan hasta Paposo
un médico,
una matrona, un dentista y una nutricionista.
La vida en el muelle transcurre lentamente. A veces los niños llegan
a buscar conchitas para "hacer puntería" con los pelícanos
que nadan entre los botes. "Pero no podemos pasar más allá
del monolito. Los papás no nos dejan", advierte Manuel (10). El
hito de piedra marca el punto exacto del antiguo límite entre Chile
y Bolivia, hasta 1879. Una deslavada placa recuerda la historia... y una curiosa
superstición guardan los paposinos: "Siempre nos meten miedo con
que si nos burlamos de los bolivianos, si nos reimos de que ahora no tienen
mar, una noche el agua se va a venir encima del pueblo y nos vamos a ahoga
mientras dormimos", cuenta Manolito, casi susurrando.
"La casa de los parches curita"
Con el fútbol, gracias a Dios, ya no hay mayor drama. Y es que antes,
como si se tratara de una maldición, tampoco podían jugar a
la pelota. A simple vista, la cancha de fútbol que hizo la municipalidad
quedó impecable. El problema fue que la inversión, en realidad,
la hizo una empresa de refinamiento mineral de la zona. La directora de la
escuela terminó por clausurar el recinto: "No encontraron nada
mejor que aplanar la tierra con sulfato y ácido. Entonces a los niños
que jugaban un rato les empezaban a salir llagas en la piel y terminaban en
la posta".
Aunque posta, siendo sinceros, es mucho decir. "Posta-posta no es",
admite Silvia Portilla, la paramédico a cargo de la salud del pueblo
desde 1995. "La casa de los parches curita" le dicen los niños
al establecimiento. "Y es eso y poco más", confiesa la mujer:
"Cuando hay algún accidente sólo podemos derivar a las
personas a Taltal (...) Las lleva Víctor (el chofer) en la ambulancia...
bueno, ambulancia-ambulancia tampoco es. Tenemos una camioneta con una camilla".

Milenka está en 1.o básico
y Raúl en 8.o.
Los martes comparten pupitre en clases de lenguaje.
Las enfermedades, en tanto, quedan anotadas en una ficha familiar que revisan
los profesionales de la ronda médica mensual. "Nos visita un doctor
general, un dentista, una nutricionista y una matrona. Con eso basta y sobra,
creo yo. En general la gente acá es sana", asegura Portilla.
-¿Cuál es el principal problema de salud?
-La droga. Han llegado muchos pescadores de afuera que traen pasta base. Tuvimos
que empezar con una campaña para los niños porque acá
cualquier cosa que no exista, sea buena o mala, se tranforma en 'la novedad'
cuando llega. Ya nos pasó con el reggaeton... esa música que
atonta a los jóvenes y los tiene todo el día con audífonos.
La posta de Silvia, además, funciona como centro de llamados. En la
sala de espera funciona el único teléfono de Paposo. $300 el
minuto a red fija y $500 a celulares... un monopolio que, sin embargo, permite
cubrir en parte los insumos de la posta y pagarle al chofer.
En la caleta, a 1.200 kilómetros de Santiago, creen que la capital
de Chile es, en realidad, "la capital de los problemas (...) Nunca llegan
buenas noticias de allá. La tele sólo muetras cosas malas ¡y
eso que sólo vemos el canal del gobierno!", grita la sorda Necochea
(69), como le dicen a Verónica, una anciana del lugar.
En junio Paposo celebró su aniversario, aunque nadie sepa a ciencia
cierta cuántos años cumplen. La fiesta es una verdadera revolución:
se forman dos alianzas, "los de arriba" contra "los de abajo"
-es el camino a Taltal el que marca el límite-, y compiten a muerte
por el puro orgullo de quedarse con el triunfo. La jornada de gymkanas y carreras
termina con un partido de fútbol femenino. Y eligen, ¡era que
no!, a la reina de belleza. Luchita, quien ganó el año pasado,
está ahora estudiando enfermería en Antofagasta. "Surgió,
como pocas", cuenta una de sus tías.
Al teléfono, un tanto descolocada, "Miss Paposo 2006" resume
lo que fue su vida en el pueblo: "Aprendí a ser feliz con poco.
Allá nos tenemos unos a otros. No hay delincuencia... cuando yo salía
de mi casa dejaba todo abierto. Tuve una infancia muy sana".
Lo más triste es que en la caleta nunca tienen puesta de sol. La camanchaca
lo hace imposible.
Tampoco hay un cielo estrellado. Sólo frío. De ese que cala.
De aquel con el que dan ganas de irse lejos... y olvidarse.
¿Será
por eso que nadie se acuerda de Paposo?

Aurelio
Mondaca (78) vive de la pesca:
"Antes, cuando era buzo, pasaba todo el día bajo el agua".
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¿Con
qué se divierten los niños?
Fútbol y televisión.
TVN por la mañana y TVN por la tarde. No hay otra señal. El
único "top" es don Antonio, que tiene TV satelital con 70
canales en su quiosco. "El problema es que el viejo es medio raro. Tengo
varios compañeros que le tienen miedo y prefieren no ir a comprarle
nada", dice Manuel (10).
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Lorena
cultiva añañucas en verano y las vende en la feria artesanal
de Taltal
Lorena
Matamala tiene 33 años, pero representa mucho más. Parece, de
hecho, la abuela de sus cuatro hijas.
Los surcos en su cara, confiesa, dan cuenta "de tanto mal rato, de tantos
años de sufrimiento silencioso (...) Pa' qué estamos con cosas:
estar acá es como vivir en el infierno. Y mi futuro es más ocuro
que mi presente". Pero su pesimismo, intenta aclarar, responde más
su forma de ser que a las circunstancias propias de la caleta.
"Yo
estudié jardinería en Concepción y soñaba con
dedicarme a eso. Pero luego empecé a tener a mis niñitas y tuve
que casarme. Fue así como llegué acá hace diez años,
porque el Pato es pescador... ¡Imagínese lo que es vivir en un
desierto para una mujer que ama la jardinería!", relata, resignada.
Hace pocos meses, "como si hubieran bajado del Cielo", llegó
hasta Paposo un grupo de voluntarios de "Un Techo para Chile" y
le instalaron una mediagua muy cerca de la playa. La vivienda les sirvió
para que Irene, Francisca, Constanza y Miyarai -las cuatro hijas de Lorena-
"tuvieran su habitación solitas (...) Antes dormíamos todos
juntos, en tres colchonetas".

Irene
(11), Miyarai (5), Constanza (6) y Francisca (9)
son las cuatro hijas de Lorena: "Ellas son lo único importante
que tengo en la vida".
La madre pasa gran parte del día sola porque "Patricio se la pasa
embarcado y las chicas tienen que ir al colegio". ¿Qué
hace ella durante la espera? "A veces salgo a caminar. Me gusta recolectar
florcitas para poner en la mesa en la que comemos, le da más alegría
a la casa", cuenta. Hay días en lo que, sin embargo, opta por
quedarse "a pensar, a pedir para que día se vaya rápido".
Durante el verano Lorena monta un pequeño invernadero en el patio donde
cuelga la ropa. Ahí cultiva el tesoro natural más valioso que
posee la zona: la añañuca rosaba, una flor de grandes proporciones
que sólo crece en la costa nortina. "Muchas veces logro venderlas
en una feria artesanal que hay Taltal los domingo. De hecho, el año
pasado, cuando el Pato estuvo enfermo dos semanas, pudimos comer gracias a
la plata que le saqué a las añañucas", añade
la mujer.
Cuando le preguntamos sobre Santiago, a Lorena le brillaron los ojos: "Me
encantaría vivir allá. Me gustaría tener un departamento.
Pero no sé si tengo la educación suficiente".