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Roberto Méndez, presidente de GfK Adimark: "Bachelet enfrenta una encrucijada costosa, pero puede dar vuelta la situación"

"Debe decidir si profundizará reformas fundacionales o va por posición de en la medida de lo posible".  

por:  La Segunda
miércoles, 24 de diciembre de 2014
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Por Phillip Durán 

Un momento "bajo, de incertidumbre, de pesimismo". Así califica el presidente de GfK Adimark, Roberto Méndez, el cierre de 2014. De un inicio de año en que se pensaba que el nuevo gobierno de Bachelet tenía el respaldo completo de la "calle" y las mayorías suficientes en el Congreso, se pasó a "una especie de paradoja" -señala- en que los problemas de las reformas y la desaceleración económica "asustaron a la misma opinión pública". A su turno, la oposición -sostiene- ha sido irrelevante y debe, con miras a 2017, tomar en cuenta que pese a la mala evaluación de las reformas, la gente aún quiere mayores grados de igualdad.

En este cuadro, dice Méndez, Bachelet debería optar entre dos caminos, los dos con sus propios costos.

"Realmente la Presidenta termina el año frente a una encrucijada ineludible. Tiene que decidir si va a profundizar en su proyecto original de reformas fundacionales o si va a ir a un camino de acuerdos, a una posición de 'en la medida de lo posible', en el estilo de la antigua Concertación. Cualquiera de las dos caminos tendrá costos grandes. Pero va a ser menos malo que la situación actual de ambigüedad. Esa ambigüedad le está haciendo mucho daño al gobierno, a la Presidenta, pero también al país, porque es una situación que paraliza", sostiene.

-¿Cual camino es el más costoso?

-Los dos tienen costos. E independiente de lo que uno prefiera son posibles, porque disminuyen la ambigüedad. El de profundizar el cambio fundacional sería la lógica de un gobierno revolucionario, al que no le importa perder popularidad y que algunos sectores aparezcan dañados. Pero tiene que hacer ese camino rápido. Si hay alguna lección histórica es que las revoluciones no se hacen de a poco ni conversando, hay que hacerlas de forma rápida, lo más indolora posible pero en forma radical. Si se hace rápido, en un conjunto de reformas básicas, por lo menos quita la incertidumbre.

-¿Acotar la agenda de cambios?

-Acotar desde ya cuales cambios son deseables y posibles y realizarlos con la mayor velocidad posible. Eso quizá implicaría quedarse con una Nueva Mayoría reducida, porque una parte no se identifica con ese punto de vista y parte del costo sería ese. No estoy tan convencido de si la Presidenta es partidaria de ese camino.

-¿Y la otra alternativa?

-Es la de las negociaciones, de avanzar en la medida de lo posible, de aplicar pocas reformas de forma más pausada y mejor diseñadas, a través de un diálogo con la oposición, con los sectores que tienen diferencias en la Nueva Mayoría y los sectores sociales involucrados. Como lo hizo en su primer gobierno, con la del sistema previsional, que fue consensuada. Esa es la gran encrucijada y mi impresión es que ya no hay mucho más tiempo.

-Más allá de la decisión que la Presidenta tome, ¿qué pasó que su figura dejó de ser de "teflón" y comenzó a bajar en las encuestas?

-Hay que leer con ciudado las encuestas, porque si bien el gobierno, las reformas y el gabinete se han ido deteriorando, creo que la Presidenta sigue manteniendo un alto nivel de evaluación y de afecto. Hasta hoy, cuando hay ataques personales contra ella, la opinión pública reacciona favorablemente.

-¿Como las críticas de Matthei?

-Por ejemplo. Ella mantiene ese capital de afecto, de relación con la opinión pública y por lo tanto, tiene la posibilidad de dar vuelta esta situación. Yo medí cómo bajó su evaluación en la crisis de su primer gobierno, para el lanzamiento del Transantiago en 2007. Llegó a niveles de popularidad aún más bajos: en la encuesta nuestra llegó a marcar 35% y ahora está alrededor de 40%. Y fue capaz de darlo vuelta en el período posterior de su gobierno. Ella tiene la credibilidad como para plantear un camino distinto a la opinión pública, ya sea por una vía o por la otra. Quizás la reforma laboral que será presentada en los próximos días va a dar luces: si es una reforma radical o no.

-Varios han dicho que fue un error haber leído que el país daba un giro a la izquierda. ¿Fue mal diagnóstico, o ese cambio se produjo y luego se revirtió?

-Hubo una lectura equivocada de lo que fue el movimiento social del 2011. Muy liderado por los estudiantes, se leyó como un cambio radical en la opinión pública, de rechazo al modelo que habíamos tenido los últimos 25 años. Debo decir que las encuestas posteriores al 2011, 2012 y 2013, de verdad mostraban ese cambio de opinión. Nosotros tenemos series que muestran cómo la actitud hacia el modelo económico cambió, con el discurso de no al lucro, los abusos empresariales. Eso se tomó como un cambio definitivo y el programa de gobierno de la Presidenta Bachelet se hizo en base a ese supuesto.

-¿El error fue pensar que era permanente? ¿Por qué no fue permanente?

-El 2014 nos dimos cuenta de que no era permanente. Porque ha habido cierta impericia en el actuar del gobierno, en cómo se han presentado estas reformas. Pero por otra parte se cayó otro de los factores base del gran apoyo de la Presidenta: ella transmitió la idea de que se podían hacer estos cambios radicales y que eso no iba a tener costos en términos económicos. Pero la desaceleración fuerte que se produjo echó por debajo ese supuesto. Y lo que apareció es que finalmente la gente quiere más igualdad, pero que no está dispuesta a pagar cualquier costo.

-¿Sería acertado ahora hacer la lectura de que la opinión pública quiere dejar de lado las reformas?

-Pensar que el péndulo se movió al otro extremo sería tan equivocado como la primera lectura errónea. Finalmente, después del 2011 sí hubo cambios en la sociedad y diría que lo más significativo es la mayor demanda por igualdad. Eso sigue existiendo, ese reclamo por mayores grado de igualdad y mayor acceso a los beneficios del crecimiento, mayor movilidad social, menos discriminación. Todo eso se quedó.

Oposición e igualdad

-¿En ese contexto, cuál es el desafío de la oposición?

-Las dificultades del gobierno no han venido por una acción de la oposición. El desafío para la oposición es institucionalizar el sector, darle una estructura de la que hoy carece. Se produjo un cambio generacional en la UDI y RN, pero los mismos partidos se ven divididos. Está la presencia del ex Presidente Piñera, que forma una entidad distinta a los partidos, una especie de gobierno en las sombras, que está organizando eso. Y están todos estos grupos nuevos que han aparecido. Toda esta falta de institucionalización le ha hecho perder fuerza y efectividad, no hay un discurso, no hay una propuesta alternativa.

-¿Cuánto riesgo corre una figura como Piñera? Ha hablado del progreso y la igualdad como ejes, pero los sectores más duros de la UDI criticaron que en su gobierno pusiera énfasis en la igualdad.

-Sí, pero creo que Piñera lee bien que la sociedad no demanda sólo crecimiento. Si no hay mayores grados de igualdad, el crecimiento no se hace viable, el conflicto es demasiado grande. Ahora, si eso se puede hacer y cómo, no es tan fácil.

-Los reclamos de la UDI, como los de Jovino Novoa, apuntaban a que Piñera "abrazó las banderas de la izquierda": lo acusaban de haber validado ese cambio en la opinión pública, de pedir más igualdad.

-Ese ya es un argumento muy antiguo. La igualdad ya no es una bandera de la izquierda: es una necesidad de la sociedad. A él le tocó eso, tuvo que vivir la explosión social del 2011 y 2012, y de alguna manera tuvo que revisar su programa y buscar maneras de incorporar estos niveles de igualdad. Una nueva propuesta de lo que podríamos llamar la oposición tiene que incluir las banderas de la igualdad, del acceso, y de la integración de la sociedad junto con el crecimiento.

 Polémica por La Haya: "Hay más nacionalismo"

-Es poco usual el nivel de discusión ante la demanda boliviana. El próximo año la Corte decide si acepta o no el reclamo de Chile por incompetencia. ¿Cuánto podría afectar un eventual revés al gobierno?

-Es un tema muy sensible, en el cual -como ha habido un proceso largo, desde la demanda peruana, y la segunda va a ser más compleja- hemos visto que la opinión pública chilena se ha ido haciendo más nacionalista y poco tolerante ante las posiciones del Perú y de Bolivia. Un eventual fracaso en La Haya, si se lee como tal, podría ser muy perjudicial para el gobierno, si es que se leyera que ha habido un manejo poco adecuado de la estrategia chilena.

- Habría presión para no aceptar el fallo.

-Sí. Desgraciadamente, creo que la opinión de algunos líderes, de ex presidentes como el ex Presidente Frei, de ex ministros de RR.EE., dan la impresión que ha habido una cierta crítica anticipada a la acción de nuestra Cancillería, que encuentro que no hace bien. Eso da argumentos a la parte contraria y predispone muy negativamente a la opinión pública ante un eventual fallo que se pudiera leer como negativo.

-¿Se toma distancia ante una eventual derrota?

-Yo creo. Es como tomar distancia, pero eso hace peor la derrota en sus consecuencias políticas para el gobierno.

-Que la sociedad haya avanzado a posturas más nacionalistas, ¿tiene que ver con los países vecinos o con cambios internos?

-Quizás por lo prolongado que han sido todos estos procesos se ha ido creando esta sensación de ser agredidos. Y en este último año tengo la impresión de incluso estar siendo aislados en la opinión pública internacional. Bolivia ha sido exitosa en mostrar esta especie de apoyo internacional.


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