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El optimismo de Jorge I. Domínguez, vicerrector de Harvard, por la democracia en América Latina

El académico especializado en la política de la región resalta la alternancia del poder y la cooperación entre gobiernos y la oposición en Brasil y México. Considera que el profundo rechazo a toda la clase política ha generado gobiernos personalistas que buscan perpetuarse en el poder. Le preocupan las Asambleas Constituyentes en general, y la falta de renovación de dirigentes de partidos políticos en Chile. 

por:  Felipe T. Edwards Del Río
viernes, 07 de marzo de 2014
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Chile: Riesgos de segunda elección presidencial


-¿Cómo percibe usted a democracia en Chile?
-Mi preocupación principal con respecto a la democracia chilena es un cierto debilitamiento del vínculo entre los partidos políticos y la sociedad. Sí, el electorado sigue votando por estos partidos políticos, pero el tipo de cercanía entre el partido y sus votantes, ya sea la UDI, ya sea el Partido Socialista, ya sea la Democracia Cristiana, mi impresión es que ha decaído un poco.
-¿Por qué son tan mal considerados los partidos?
-Una posible explicación es que la renovación de las altas dirigencias de los partidos, y en esto la reelección de Bachelet es un ejemplo, a pesar de mi admiración personal por Michelle Bachelet, no deja de ser un problema. Impide que un nuevo grupo de políticos más jóvenes lleguen a ejercer el liderazgo del partido y establezcan vínculos con nuevos votantes que también son más jóvenes. En Chile el grupo de políticos que sale de la transición de 1989 a 1990 ha cambiado muy poco. Eso implica que nuevos votantes, que no participaron del plebiscito al final de la presidencia de Pinochet y que tienen otro motivo de comportarse de lo que había sido la división histórica de Chile, no se siente animados. Yo creo que ese desarraigo se ha ampliado. Si yo tuviera una varita mágica no permitiría la elección saltando de un período al otro, que es lo que acaba de ocurrir con Bachelet, de nuevo a pesar de mi aprecio y mi respeto por Michelle Bachelet. Creo que como procedimiento constitucional eso es malo.
-Aunque haya un salto entre un período y el próximo...
-Lo que ocurre es que posterga el relevo de la dirigencia política de un partido. Estamos a la espera de que no solo Michelle Bachelet tiene que esperar un período de Piñera y luego le corresponde otro a ella. Eso implica que una persona, cierto que es una persona de gran talento, está ocupando ese liderazgo e impidiendo que otros jóvenes participen. Lo mismo fue en el caso de Eduardo Frei, lo mismo podemos imaginarnos si Sebastián Piñera quisiera postularse otra vez. Es un tapón sobre lo que debe ser el relevo normal de un partido político para asegurarse que haya políticos jóvenes que respondan a un electorado que es joven.
Temor a Asambleas Constituyentes

-En Latinoamérica hay una tendencia de querer cambiar las constitucione. ¿Lo ve como un peligro para la estabilidad de las democracias?
-Lo veo como un terrible peligro, sobre todo cuando es una Asamblea Constituyente. La experiencia latinoamericana con Asambleas en los últimos 25 años ha sido muy mala. Ha sido el instrumento, sea de Chávez, sea de Correa, sea de Morales, no solamente de obtener un poder político para ellos como Presidentes sino para socavar, y en algunos casos destruir, otras instituciones democráticas y las libertades públicas.
- ¿Las Asambleas de por sí son inoperantes o se puede crear una Constituyente que sea representativa de todo un país?
-Sí se puede crear, pero en la experiencia latinoamericana ha sido un instrumento de abuso. Por eso prefiero, cuando se logra, un mecanismo de modificar la Constitución que utiliza instituciones y procedimientos bien establecidos. Por lo general se trata de un debate en el Congreso. La Constitución de Brasil de los 80 lo lleva a un sistema político mucho más democrático, pero fue una Constitución mala en sus aspectos económicos. Lo regulaba todo. Y Brasil tiene que pasar una buena parte de la década de los 90 modificando la Constitución, sobre todo en sus aspectos económicos.

Gobiernos elegidos democráticamente desde Caracas hasta Kiev están amenazados por conflictos internos y presiones externas. Líderes autoritarios o ineficaces han sido reemplazados por presidentes que destruyen instituciones básicas para el funcionamiento de la democracia o que resultan ser tan cleptómanos como sus antecesores. Y en democracias estables, masivas protestas sociales reflejan el descontento de las poblaciones con sus sitemas de gobiernos.

A pesar de ese panorama, Jorge I. Domínguez, el vicerrector para Asuntos Internacionales de la Universidad de Harvard y respetado académico especializado en la política de América Latina, es sorprendentemente optimista sobre nuestra región.

Graduado summa cum laude de Yale, posteriormente recibió un master of arts y doctorado de Harvard, donde ganó el premio por la mejor disertación de Gobierno en 1972. Ha escrito o editado 43 libros sobre el himisferio, y encabeza la proyección internacional de la universidad, que demostró su interés por la región al fundar en 1994 el David Rockefeller Center for Latin American Studies y, 10 años después, estableció una oficina regional en Santiago.

Con un tono calmado, y acento cubano de su origen, Domínguez explica los motivos de su esperanza por el gobierno representativo en America Latina, así como sus preocupaciones.

-En el capítulo que concluye "La construcción de gobernancia en America Latina" (Johns Hopkins Press, 2013), usted es bastante positivo sobre el estado de la democracia en el continente, principalmente por su fortaleza en México y Brasil.

-De alguna manera ese es un truco demográfico. Es decir, la inmensa mayoría de la población en países latinoamericanos vive en los dos países más grandes.

En ambos han ocurrido una serie de cambios particularmente positivos. Una de las claves, y esto también ha ocurrido en Chile, en Uruguay, es la posibilidad de transferir el poder presidencial no solamente de una persona a otra, sino de un partido del gobierno a un partido de la oposición sin que se modifique casi automáticamente todas las reglas del juego.

En una democracia que funciona razonablemente bien, hay una cierta concordancia sobre cuáles son las reglas fundamentales de la vida política y de la vida económica de un país.

-¿Por qué esos países han podido llegar a una concordancia? No son tan distintos entre ellos.

-De acuerdo. Hay similitudes importantes. En México y en Brasil algo que tuvieron en común fue un descalabro importante en la década de los 80, quizás peor en Brasil que en México, en el comportamiento de su economía, pero además que se había vinculado con deficiencias importantes en otros aspectos de la vida nacional.

En México no sólo falla la economía en la década de los 80, sino además, en respuesta a un terrible terremoto en la Ciudad de México en 1985, el Estado mexicano demostró su incapacidad, y con gran nitidez se vio la violación de las normas establecidas para la construcción de edificios que sólo se podía explicar mediante la corrupción en todas las instituciones.

-Y en Brasil esa crisis fue el descalabro económico de los 80.

-En Brasil fue el descalabro económico, pero además el reconocimiento cada vez más claro que los resultados en asuntos como salud pública, en educación, etcétera, eran terribles. En Brasilia también se desata a fines de los 70 una protesta política y social muy amplia que incluía, por supuesto, los sindicatos, en el sector industrial.

Lula era una de las figuras claves en ese momento, pero también comienza una protesta de los principales empresarios brasileros que habían llegado a la conclusión que los militares no gobernaban bien la economía.

Eso permite la construcción de una gama amplia de deseo de democratización, proceso que no se llega a cumplir verdaderamente sino a fines del siglo. Lleva 20 años de cambio.

-Usted también ha escrito que los países latinoamericanos se han bifurcado: que en la última década todos los países han disfrutado de mayores recursos de los que hayan tenido en mucho tiempo, pero que algunos -notablemente Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua- han empleado esa riqueza para perpetuar un poder personalista de sus líderes, aproximándose a prácticas autoritarias mientras que mantienen elecciones que son "suficientemente competitivas". ¿A qué se debe esa bifurcación? ¿Por qué en estos países han surgido gobiernos personalistas de ese corte?

-Creo que en el mismo capítulo en que comienza esta conversación indico que Ecuador era uno de los países que había logrado consolidar procesos democráticos menos que los demás. La experiencia de derrocar a un Presidente por métodos ya sean extra constitucionales, ya sean francas violación de reglas establecidas, fue realmente notable. Esto comienza a verse con una frecuencia sin interrupción a mediados de los 90.

El surgimiento de Correa como Presidente del Ecuador es en parte una respuesta a esa notable inestabilidad, un desencanto profundo con los partidos políticos establecidos, muchos de los cuales siempre habían sido partidos personalistas, y, como detalle adicional, era un rechazo muy amplio a toda la clase política. Cuando Correa gana su primera elección presidencial, no se elige con él ni siquiera un parlamentario.

Parte de la estrategia posterior de Correa, y por supuesto que en esto es aprendiz de Chávez, de buscar una nueva Constitución, era para destituir al Congreso, en el cual él no tenía ni un solo parlamentario vinculado con él.

O sea en el caso ecuatoriano es una falla reiterada de los partidos políticos, la falta de funcionamiento de los mecanismos de sucesión democrática, y se cae en alguien que, por su actividad personal y por su talento profesional sí logra construir una fuerza presidencial importante y dominar al parlamento. En ese aspecto es la falla democrática más grande en América del Sur.

-El caso de Ecuador tiene factores en común con Venezuela en su rechazo a toda la clase política y a todos los partidos.

-Así es. En Venezuela, a comienzos de la década de los 90, surge ese mismo rechazo a todos los partidos políticos. Ese rechazo incluye la destrucción de los dos partidos venezolanos grandes, Acción Democrática y Copei (que era la democracia cristiana). Habían gobernado al país desde el fin del gobierno militar en 1958, y habían sido sin duda partidos muy fuertes que, también sin duda, retuvieron por mucho tiempo un gran apoyo del electorado.

A comienzo de los 90, en parte por quejas económicas (aunque Venezuela nunca tuvo una crisis económica profunda gracias al petróleo), en parte por disguste a la corrupción y en parte porque -y esta es una primera diferencia entre Venezuela y el resto del continente- en Venezuela nunca ha habido un apoyo mayoritario a políticas económicas favorables al mercado.

El único intento importante de cambio de orientación económica lo hizo la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez, frente a lo cual se subleva, entre otros, Chávez, y termina impugnado y renuncia a la presidencia.

En Venezuela ha habido una consistente mayoría estatista. Es un electorado que ha preferido que el Estado sea no simplemente el rector de la economía sino que de verdad sea dueño de empresas que distribuya, que ejecute, que haga un montón de cosas.

Un segundo comentario que distingue a Venezuela del resto del continente es que Venezuela, gracias al petróleo, había siempre tenido un Estado muy grande, acaparador. Las empresas del Estado dominaban la mayoría de la economía, el petróleo por supuesto pero también otras actividades, y era un Estado notablemente incompetente. O sea un Estado con grandes ambiciones, con grandes poderes formales, y pero con muy pocas excepciones no hacía las cosas bien.

-¿A qué se debe el incremento de la violencia en Venezuela?

-En gran parte tiene que ver con casi el estímulo por parte del Estado venezolano bajo Chávez a ver una parte importante de la población como su enemigo y, por lo tanto, una víctima sin derechos.

Tiene también que ver con el uso del policía y militares para funciones que no tiene que ver con la protección de los ciudadanos sino están encargados de empresas o servicios y actividades del Estado.

Tiene que ver con una actitud permisible frente a la corrupción en que crímenes son cometidos no solamente por, vamos a decir, criminales normales, sino por personas que supuestamente son policías.

-Lo mismo ocurrió en Colombia, pero los colombianos lograron revertir esa gran violencia encabezada por los carteles de narcotraficantes.

-Ese fue un gran éxito de la presidencia de Uribe en que participó masivamente la sociedad colombiana. La gran crisis colombiana fue una crisis de violencia. El enorme, masivo apoyo que recibe el Presidente Uribe a comienzo de la década para hacerle frente a eso que venía de todas las partes de la sociedad colombiana es un ejemplo más de crear un consenso frente a una tragedia.

-En general, ¿está usted optimista sobre la democracia en el continente a pesar de estos problemas?

-¡Sí! Regresando al capítulo del libro que comentamos al comienzo, yo soy optimista no solo para la mayoría de los latinoamericanos que viven en esos países más grandes, sino que para la mayoría de los países.

Hay dos tipos de excepciones. Una son países que han tenido malos presidentes: Argentina, Ecuador, Bolivia y Venezuela son cuatro ejemplos claros. Otra es que hay países que, no necesariamente por culpa de ellos, se ven azotados por factores externos, como es la criminalidad que proviene del narcotráfico que cruza por Centroamérica y México. Ahí uno puede imaginarse un electorado que en momentos de desesperación esté dispuesto a contratar matones para que nos protejan porque no confían en la policía.

-Más allá de esas excepciones, hay muchos índices que han mejorado en el continente. La pobreza ha bajado en forma significativa, los indicadores de salud han mejorado...

-La caída de la pobreza es un gran logro. Ha caído también un poco la desigualdad, lo cual es útil y loable. Ha caído la mortalidad infantil y ha aumentado la esperanza de vida.

Si lo vemos no solamente de procedimientos políticos sino de desempeño también es muy positivo.

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