Política
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Reinventar, desestabilizar y ocupar

"El movimiento estudiantil ha demostrado una precaria capacidad de adaptación. La creatividad que inicialmente mostró en las marchas no evolucionó en creatividad política".  

por:  La Segunda
sábado, 18 de agosto de 2012
 

La capacidad de adaptación es uno de los elementos fundamentales para el éxito de todo movimiento. Esto debe ocurrir en las estrategias, que en el corto o mediano plazo deben lograr mutar y evolucionar con la contingencia, la opinión pública, las lecturas políticas y los siempre cambiantes escenarios. Esto bien lo saben revolucionarios, guerrilleros, reformistas, estadistas y activistas exitosos. Quien no evoluciona, no sobrevive.

De cierta manera, e independiente de su éxito relativo, el movimiento estudiantil ha demostrado una precaria capacidad de adaptación. La creatividad que inicialmente mostró en las marchas no evolucionó en creatividad política. En consecuencia, los cambios avanzan en cámara lenta y la opinión pública dejó de sentirse cautivada por lo que acontecía en la calle. La baja en la aprobación sobre la forma en que el movimiento estudiantil llevaba a cabo las marchas no demoró en llegar: entre agosto y octubre de 2011 cayó del 57% al 39%. A pesar de eso, la opinión pública siguió de acuerdo con el fondo, y las demandas del movimiento se transformaron en demandas transversales de la población. Este sigue siendo su gran punto a favor.

La incapacidad de adaptación es una característica transversal de todos nuestros actores políticos y sociales. La diferencia es que ciertos actores, al haber raptado el poder, no requieren de los grados de creatividad y adaptación que movimientos como el estudiantil sí necesitan para ser exitosos. En otras palabras, las élites no sólo se sienten cómodas con el status quo, sino que ahí es donde más se empoderan, haciendo que la patética falta de innovación les juegue a favor.

Las recientes tomas y desalojos de colegios han dejado a todos como perdedores. Demuestran cómo el Ejecutivo no ha sabido manejarse para encontrar, por medio de la inclusión, solución concreta a los problemas de la educación. Es una mole burocrática carcomida por conflictos y disputas internas que ya no puede avanzar. La oposición se ausenta, porque el fracaso del Gobierno, en tiempos electorales, le conviene. El Congreso, al no ofrecer un espacio de deliberación representativo, continúa siendo inservible para un movimiento que busca una y otra vez espacios de diálogo y complicidad donde deberían estar los representantes del pueblo. Los alcaldes, en escenarios donde el Estado se ausenta y las minorías se empoderan, reaccionan con improvisada desesperación, generando incluso mayores actos de violencia. Los estudiantes y sus líderes, al caer nuevamente en las viejas tácticas de presión bruta, son absorbidos por una fuerza centrífuga que les despoja de credibilidad, influencia y poder. Todo parece un juego de suma cero.

El movimiento de secundarios y universitarios debe demostrar madurez política y reinventarse. Esto implica que todos los pasos y estrategias deben estar sujetos a un rediseño que decante en una revolución interna. Si bien no podemos negar que las marchas han desestabilizado al poder, el balance a más de un año del inicio del movimiento es prácticamente el mismo. Para conseguir los cambios sustanciales que la educación chilena requiere, el movimiento debe ejecutar nuevas formas de penetrar el poder para luego encauzarlo. En la estrategia debe primar la fragmentación, permitiendo que diferentes actores penetren diversos frentes y adquieran roles con misiones que en ocasiones pueden ser diametralmente opuestas. El poder ya fue desestabilizado y ahora es el momento propicio para un asalto que permita la verdadera ocupación.

 
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