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Héctor Velis-Meza: "Hoy enseño materias que los universitarios debieron aprender en la básica"

"También enseño ética, cuyos principios deberían aprender en sus propias familias", cuenta el desencantado profesor.  

por:  Rebeca Araya Basualto
sábado, 16 de agosto de 2014
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Algo que su padre nunca aceptó: "El amor no dura más de 4 años"

Reinventó su apellido para honrar a su madre, quien falleció a los 64 años producto de un cáncer, mientras estaba en los brazos de su hijo. Ella, cuenta él, fue su primera y mejor correctora de pruebas, además de trabajar en El Mercurio como operadora de teletipos.

La infancia no había sido fácil: cuando Héctor tenía 8 años, su padre abandonó para siempre a la familia y su madre asumió la crianza suya y de su hermano. Y un día cualquiera, Velis-Meza mostró orgulloso una foto de su papá a otro niño de su edad. Algo le llamó la atención al amigo que partió a buscar una foto del suyo... y descubrieron que eran hijos del mismo hombre. Poco después, supieron que su progenitor tenía ocho hijos más, nacidos en cinco diferentes relaciones.

"Con los años -cuenta hoy- entendí que él no podía vivir sin estar enamorado. Nunca aceptó un hecho: el amor no dura más de cuatro años. Luego viene la rutina y la camaradería con tu pareja. Cuando eso ocurría, mi papá abandonaba la relación y se iba... para volverse a enamorar".

La tragedia también ha estado presente en su historia de amor. Después de estar separado largo tiempo, Velis-Meza enviudó. La mujer murió en un accidente automovilístico el mismo día en que Héctor había decidido recomponer su matrimonio.

"Mientras estuvimos separados -cuenta- ella tuvo dos hijos de los cuales, tras su muerte, he estado cerca hasta hoy. La niña abandonó la arquitectura para estudiar periodismo, y su hermano está por recibirse de abogado. La vida me ha dado todo pero de extrañas formas -reflexiona-. Tengo una familia y algunos ahijados, hijos de ex alumnos, que por estos días me permiten incluso sentirme abuelo".

Entre la informalidad de los estudiantes y el estilo cuidadosamente descuidado de los académicos que recorren los patios de la universidad, se asoma con sombrero y bastón, pulcro y elegante, este señor que parece venido de otro tiempo.

El 30 de agosto Héctor Velis-Meza cumplirá 65 años y, al hacerlo, romperá el mal presagio que lo obsesiona desde que descubrió que pocos en su familia llegan vivos a la mitad de la sesentena. "Mi doctor me hizo prometer que lo llamaré al día siguiente de mi cumpleaños -cuenta con sorna-. Quiere saber si borrarme o no de su lista de pacientes".

Más de treinta libros publicados reflejan su pasión por el correcto uso del castellano. Un amor que también se oye a diario por radio Cooperativa -en sus Palabras con Historia -, y que ha desplegado por décadas en las aulas.

"O lo amas o lo odias. No deja opciones. Y aunque es amarrete con las notas, se gana el respeto, porque se nota que disfruta al frente de un curso", cuenta un joven periodista que lo conoció como profesor.

Pero los asombrosos periplos que en algún momento llegaron a tenerlo simultáneamente como profesor en seis universidades ya no existen. Hoy, este periodista y empresario de la industria editorial sólo dicta clases en la Universidad Central.

-Llegué a esa edad en que no piensas en lo que quieres hacer, sino en lo que podrías dejar de hacer. Hubo un tiempo en que veía corregir pruebas un fin de semana como un panorama. Haciéndolo sabía cuánto avanzaban mis alumnos y planeaba cómo y qué hacer para que sus resultados mejoraran.

-¿Y qué pasó?

-La docencia me parece cada vez menos apasionante, porque el sistema progresivamente niveló hacia abajo las habilidades y conocimientos de los jóvenes. Hoy dicto materias que los universitarios debieron aprender en la enseñanza básica (Comprensión de Lectura, Expresión Oral). También enseño ética, cuyos principios deberían aprender en sus propias familias.

-Pero esos jóvenes que ya no te motivan pusieron un tema en la agenda política.

-Esta generación de jóvenes no tiene los miedos paralizantes de quienes vivimos la dictadura, ni la cautela de quienes se hicieron adultos en los tiempos de transición. Ellos dicen lo que piensan con el estrépito y la fuerza que crean necesaria. Sin embargo, en este gran debate nacional de la educación, no veo cómo participan las familias, y esa gran ausencia debe ser corregida.

-¿Cómo ves al movimiento estudiantil?

-Los veo empeñados en una lucha cuyos objetivos retrotraen la situación a la generación de la que yo provengo, donde gratuidad y calidad de la educación eran parte natural de aquello a lo que podía aspirar un joven y el Estado tenía la obligación de proveerle. Yo no habría llegado jamás a ser profesional si el Estado no hubiera financiado mi educación.

-¿Hay algún liderazgo en la nueva generación que sea destacable a su juicio?

-Giorgio Jackson. Voté por él en las elecciones pasadas, y sigo con interés su carrera.

-¿Confías en que los cambios anunciados se concreten durante este gobierno?

-Lo más probable es que yo no los vea, porque este escenario educativo, que se construyó en 40 años, no se cambia significativamente de un día a otro. La experiencia dice que ambiciones mucho más modestas -como descartar el IVA a los libros- siguen esperando avanzar desde el grado de promesa electoral al nivel de una decisión estratégica en materia de políticas culturales desde el primer gobierno de Aylwin.

La pérdida de la belleza

El escepticismo de Velis-Meza con las reformas se ve en varios frentes. De hecho, este profesor está en el grupo de aquellos que piensan que tener más de un millón de jóvenes en el sistema universitario no necesariamente garantiza un mejor futuro para ellos.

"El hecho de que sea el mercado quien regula la oferta educativa -a través del libre juego de oferta y demanda- hace que tengamos cientos de ofertas de educación superior y muchos titulados, pero no hay opciones de empleo equivalente a la cantidad de profesionales que estamos produciendo. La experiencia me indica que los más talentosos y con mayores redes siempre encontrarán trabajo. Y habrá una enorme cantidad de vendedores de seguros, empleados o taxistas con un título profesional. No sé si eso -proyectado en el tiempo- sea muy bueno para la estabilidad social del país".

-Hablando de educación, ¿qué pasa con el lenguaje en tiempos del chat y Twitter? Tú tienes una cuenta.

-En Twitter me interesé un tiempo, por experimentar la posibilidad de expresar ideas completas y sin abreviaciones ni nada que no fuera palabras. Lo hice hasta que me cansó.

-¿Cómo ves este nuevo leguaje que comienza a desarrollarse en las redes sociales?

-Es un nuevo lenguaje, imperfecto aún y absolutamente condicionado por el soporte (celulares, computadores, tablets). Y creo que el uso de esos soportes altera la interacción de las personas progresivamente.

-¿A qué te refieres?

-A la dependencia que muchos tienen respecto de sus aparatos digitales: están cambiando las conductas, como cuando nos relacionamos directamente con un tercero. No es inusual, por ejemplo, entrar a un restaurante y encontrarnos con una pareja sentada frente a frente y, sin embargo, ambos concentrados en sus comunicaciones virtuales. El celular y ahora la tablet son como el cerebro externo de las personas.

-¿Y qué tiene eso de malo?

-No tiene de bueno que si, aparentemente, todo lo puedes encontrar en la red, piensas poco, estudias poco, e interactúas de forma precaria con tus interlocutores. Las personas opinan sobre los más diversos temas tras un par de clics, pero ¿quién sabe con propiedad de qué está hablando? Yo les prohíbo a mis alumnos usarlo en clases cuando interrogo sobre un tema o abro una conversación. Quiero que hablen de lo que conocen, comprenden y reflexionan. Que tengan ideas propias.

-¿Cómo abordas este asunto desde la docencia?

-Uso la poesía que -en sentido opuesto al Twitter- es también un lenguaje, pero incentiva la creatividad y permite a los jóvenes percibir la musicalidad del idioma. En general, la poesía y la memoria son dos espacios poderosos para recordar que el idioma y la conversación se construyen desde la belleza, una prioridad que vamos abandonando en nuestras relaciones.

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