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La apuesta de las torres de San Borja por transformarse en un nuevo Lastarria

Uno de los principales proyectos es convertir avenida Portugal en un boulevard.

por:  La Segunda/Martín Romero
miércoles, 11 de junio de 2014

Foto Miguel Angel Sanhueza

Tres puñaladas en la espalda recibió una mujer de 70 años cuando tres hombres la asaltaron el domingo por la noche. El hecho sucedió en la entrada del supermercado Unimarc de calle Portugal, a un costado de las torres de la Remodelación San Borja, a pasos de la Alameda.

La historia la cuenta Carmen León, directora de la Junta de Vecinos de las Torres de San Borja, y vecina de la víctima del atraco. Un episodio que, a ojos suyos, refleja el nivel de abandono de esta zona de la capital que en los 60 llegó a ser uno de los hitos urbanos del país: un conjunto arquitectónico moderno de 20 torres, entre Portugal y Marcoleta, que sirvieron como primer esfuerzo para densificar la ciudad.

“La señora se puso a gritar para alertar a los demás y uno de los tipos le pegó los puntazos. Esto pasa porque los vecinos hemos ido abandonando los espacios y luego han llegado las personas en situación de calle y los delincuentes que se mezclan con ellos”, cuenta León. A cambiar esta realidad apunta la serie de proyectos que los propios vecinos y el municipio de Santiago tienen para el lugar. La meta es tratar de convertirlo en un segundo barrio Lastarria.

Uno de los más avanzados es la transformación de las pasarelas que unen las torres 3, 4, 5 y 6 (hoy en desuso) en pequeñas plazas con cultivos y mobiliario urbano. Se espera que la idea, que llevan adelante estudiantes de Arquitectura de la U. de Chile en colaboración con la comunidad, esté lista a fin de año.

“Queremos prolongar el ambiente que hay en el barrio Lastarria, con locales que tengan sus mesitas en las veredas”, apunta la dirigente vecinal.

 

Museo y boulevard

En el parque de 4,7 hectáreas que posee el conjunto de torres (donde en 2012 fue asesinado el joven Daniel Zamudio), también muestra adelantos el llamado ‘Museo Humano’, que albergará las 238 esculturas en bronce realizadas por el reconocido artista Mario Irarrázabal (ver recuadro).

De acuerdo al cronograma municipal, responsable del proyecto, en agosto se hará una preselección de cinco diseños arquitectónicos para el espacio y en diciembre se debería elegir al ganador.

Si bien la mayoría de las esculturas estarán al aire libre, habrá un pabellón donde se ubicarán las esculturas más pequeñas y delicadas.

El museo tiene un costo cercano a los mil millones de pesos, que se espera financiar con fondos del Gobierno Regional, y debería estar listo a fines de 2015. En paralelo, según el subdirector de Proyectos y Concesiones del municipio, Alejandro Plaza, la municipalidad está desarrollando un ‘plan maestro’ para mejorar la zona, documento que recoge algunas propuestas de la Facultad de Arquitectura de la U. de Chile. Una de las principales es la de generar un boulevard en av. Portugal, a partir de un ensanche de las veredas que le quite espacio a la circulación de automóviles. “No vemos imposible convertir al barrio San Borja en un nuevo Lastarria. Los vecinos se sienten como el patio trasero de un sector que tiene mejores estándares y lo que ha hecho esta administración es tratar de igualar las intervenciones que se hacen con las que hemos hecho en los principales lugares de la comuna”, señala Plaza.

"Vale la pena correr el riesgo"

Hoy el escultor Mario Irarrázabal recibirá en su taller a los interesados en participar en el concurso para diseñar el museo del Parque San Borja. La idea es mostrarles el tamaño de las 200 esculturas para que puedan preparar sus proyectos con ese dato.

-¿Por qué eligió este parque medio escondido para mostrar sus obras?

-Busqué otras posibilidades y esa fue la mejor que encontramos. Está más central y más al alcance de la mano para más público. El parque es muy hermoso y si bien está en medio de un barrio venido en menos, la municipalidad quiere transformarlo.

-Sus obras van a estar al aire libre, ¿no tiene miedo de que les pase algo?

- Uno corre riesgos, pero creo que vale la pena correrlos. No hay que ponerse negativos (...) estoy convencido de que hay que salir del museo. A mí me encantaría que los niños jueguen con las esculturas, que se suban encima, que se saquen fotos.

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