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Pedro Engel: "Creo que yo estaba ancestralmente destinado"

La vida de Pedro Engel daría para una novela, con algunos capítulos dolorosos, pero el mediático consultor espiritual, autor y experto en el zodiaco y sus combinaciones más beneficiosas se para hoy con una actitud positiva. Bueno para reírse y tallero, dejó atrás la rabia y los descargos públicos que hizo contra su padre y dice comprender que hay decisiones de otros en las que no se puede intervenir.  

por:  Ximena Chávez Velásquez
sábado, 12 de abril de 2014
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Viudez anticipada

Dice que la muerte es la novia que lo espera siempre, la que nunca lo va abandonar. Y la resiliencia, su consigna de vida. A las experiencias extremas de pérdidas familiares y amigos, y las torturas que sufrió en el año 73, suma el suicidio de su señora, Alicia Izak, que lo dejó viudo a los 29 años y con cuatro hijos de entre tres meses y 7 años. "¿No te digo que mi vida es un drama griego? Mi existencia dio un giro tremendo. Leí que los chamanes y las machis enferman primero y después son machis. Y a mí me pasó algo parecido. Ahí comenzó mi cambio". Nunca se volvió a casar, pero tiene pareja hace 33 años, aunque reconoce que mantiene otras dos relaciones. "No soy monógamo, y ellas lo saben". -¿Cómo conociste a tu señora? En el Instituto Hebreo. Estaba en el curso de los flojos y en una de mis echadas de clases, veo a la matea del otro curso. Para molestarla le pregunto que qué es lo que más le gustaría en la vida. Me mira y contesta: "Morirme". Me enamoré altiro. A los 13 años tenía toda esa profundidad. Le escribí una carta, pero ella no estaba segura de si quería pololear. -¿Sufriste buscando ese amor? -No, más bien me propuse salvarla. Pensaba que no sabía lo que era la felicidad. Tenía que conocer mi casa, tenía que conocerme a mí. Me equivoqué: nadie salva a nadie. Pero hice lo que pude. Alicia, dice, fue su Anaïs Nin. "Se la presenté a mi abuela, pero ella encontró que era una niña triste. Al final, siguió su destino y es lo que le digo a mis hijos. -¿No te dio señales de lo que pensaba hacer? -Nada. Ese día en la mañana estaba preciosa. "¿Dónde vas tan bonita?", le pregunté. "Voy a ir a ver a una amiga". "¿Qué amiga?", le digo. "A la tarde vas a saber. Es una vieja amiga que hace tiempo no veo", me contesta. Tomamos desayuno, hizo un resumen de sus actividades del día. Nos despedimos y a las 12:00 me llaman para contarme que estaba muerta.

Murió la diosa', le dijo su abuela Margarita refiriéndose a Marilyn Monroe, y él, intuitivamente, a los 7 años, fue a una pérgola que había en su casa, colgó una imagen de la actriz que sacó de un diario, le prendió velas y le rezó.

Con ese primer ritual, Pedro Engel iniciaba un camino de espiritualidad que hoy lo tiene convertido en uno de los referentes más respetados en el estudio de los signos del zodíaco, el tarot, los ángeles, los oráculos y conjuros. Lleva 18 libros publicados, es panelista de radio y tras 28 años de moverse por la televisión, hoy tiene un segmento tres veces a la semana en el matinal "Bienvenidos", de Canal 13, donde sus seguidores le comentan sus cuitas por Twitter y él les entrega consejos esotéricos para el amor, el dinero, la salud y la felicidad.

-¿De dónde crees que te viene este "don"?

-Desde chico estaba más interesado en el mundo espiritual que en el material. Yo creo que ancestralmente estaba destinado, porque he descubierto que mis antepasados eran rabinos cabalistas y mi padre fue el primero en romper esa tradición.

Este dato lo descubrió con la ancestrología, regalo de Lola Hoffmann, maestra chilena de la Gestalt, que consiste en la sanación a través del conocimiento de los antepasados. Hoy da talleres grupales a empresas, y se la pasa viajando a Concón, Temuco, Chiloé y también dando enseñándola en Santiago. Para 2015 quiere exportarla a Lima, Bogotá y Miami.

-Ancestrología en las empresa, ¿cómo se entiende eso?

-Con Gloria Liberman, con quien trabajamos este tema, nos dimos cuenta de que las empresas funcionan de manera tribal. Hay un gran jefe, signos que los identifican (un logo), un alma que es el fin que los motiva. Hemos tenido resultados espectaculares ordenando sus energías, como con los Bancos de Chile y Estado, y Codelco.

Heridas del Holocausto


Pedro entiende el antiguo actuar de su familia como una respuesta a las circunstancias de una historia trizada. Esta comienza en Europa, cuando sus abuelos, ambos judíos, se casan e instalan en Prostejov, a 20 minutos de Praga. Allí nacieron la madre de Pedro, Trudy Bratter, y su tío Óscar. "Mis abuelos eran personas muy cultas, iban al conservatorio, hablaban idiomas, gente muy burguesa, aunque no eran ricos".

En esa ciudad, su madre conoció a Benjamin Engel, con quien se casó. Pero una serie de noticias alarmantes sobre el poder que iba ganando un tal Adolf Hitler convencieron a Margarita Steinitz, su abuela, de que había que abandonar Checoslovaquia. En 1938, antes que estallara la Segunda Guerra Mundial, tomaron sus maletas y partieron en busca de la salvación. "Vendieron todo y con esa plata se vinieron a Chile, el único lugar donde estaban dando visa. Llegaron a Lanco, cerca de Villarrica", relata Pedro.

Por desconocer el idioma y el territorio, de entrada los estafaron en la compra de unos animales. Después, la abuela casi se murió cuando escuchó una ruidosa estampida en el techo de la casa y descubrió que eran cientos de ratones.

En Europa, en cambio, "por el lado de mi papá, la familia se acabó completa. 127 personas exterminadas por los nazis. Se quedaron allá porque eran campesinos muy pobres. Un día los fueron a buscar en camiones y se los llevaron a todos, incluyendo niños chicos, embarazadas, viejos; después los gasearon. También mataron apaleados y de hambre como a 90 parientes de mi mamá".

Puede decirse que aprendió a convivir con la muerte desde su más tierna infancia. "Cuando me daban la mamadera, miraba una foto de mis parientes y estaban muertos, miraba otra y era lo mismo... ¡estaba rodeado de personas fallecidas! Por eso digo que mi relación con la muerte es muy buena", dice.

Otra página de vida


Gracias a la perseverancia y el trabajo, su padre logró montar una exitosa empresa de materiales de construcción en Santiago y la familia Engel, compuesta por tres hijos varones, de los que Pedro era el menor, tuvo un pasar lleno de comodidades, viajes y amor. "Mi infancia fue bastante feliz, hasta la muerte de David, mi hermano del medio, en un accidente. Yo tenía 15 años y fue la primera muerte que me tocó vivir directamente", dice.

Guapo, deportista, de dos metros, era el hijo que todos amaban. "Mi hermano mayor y yo éramos unas yeguas. Como Caín y Abel, pasábamos peleando, mientras David era un San Francisco de Asís. Y justo él se muere. Por eso mi papá para el día de su funeral me dice: 'Tú deberías estar en ese cajón'. Te juro que le encontré razón. ¡Se había ido su hijo favorito! El, que se había quedado solo en el mundo y que por fin había formado su nueva familia, sufría una nueva pérdida", explica Pedro.

Fue un golpe fuerte que despertó en todos, según el tarotista, la memoria del sufrimiento de sus ancestros. En el libro sobre ancestrología, que publicó en 2009, contó: "No fue fácil sobrevivir a esa experiencia. El dolor y silencio que se creó nos separó. Cada quien veía las cosas a su manera y nos culpábamos unos a otros de los dolores que vivíamos".

En medio de esa vorágine de sentimientos recriminatorios, su abuela Margarita fue su salvavidas en el desamor y las exclusiones. Y también su modelo en sus intereses culturales y políticos. "Era feminista, de izquierda, oyente de la radio Moscú, del derecho de las mujeres. Fue mi gurú".

-Con ese historial, ¿cómo eran las relaciones familiares, siendo tus padres tan de derecha?

-Mi mamá era momia porque sí nomás. Mi abuela le decía cosas descarnadas, pero a ella no le entraban balas. Además, era todo tan ambiguo: mi abuela despotricaba contra los momios, pero nunca trabajó. Mi papá, o sea, el momio, la mantenía.

-Tal vez eso le molestaba a tu padre. Incluyendo tu tendencia izquierdista.

-Yo no era su modelo de macho alfa, como él mismo o mi hermano. Me gustaba el modelo que me daba mi tío Óscar, intelectual y culto. Tenía una biblioteca, una discoteca, nos hacía clases de poesía, de ópera, de literatura universal, de arte. En cambio en la casa era todo muy prusiano.

Esto último se evidenciaba en ciertos órdenes y reglas estipuladas, y también costumbres que hasta hoy se mantienen. Como los opíparos almuerzos familiares de fin de semana, que eran el momento de las conversaciones y las discusiones, dirigidas desde la cabecera por el padre. "Pasaba una cosa increíble. Mi papá le hablaba a su mujer en checo y a su suegra en húngaro, mientras mi abuela con mi mamá conversaban en alemán, idioma que también dominaba mi papá. Tres personas, tres idiomas, y a nosotros, que nacimos en Chile, nos hablaban en castellano mal hablado", comenta Pedro, entre risas.

Fuera... por pitero


Ingresó a Literatura en el Pedagógico en el año 69, cuando era parte de la Universidad de Chile. Una elección que, lógicamente, no fue del gusto de su progenitor. "El quería un abogado, un médico. Cuándo me preguntó que qué iba a estudiar y le dije Literatura, me dice: 'pero si para peluquería no tienes que ir a la universidad. Te compro cuatro secadores de pelo, un local y te instalas', recuerda.

Los libros también fueron su camino a la espiritualidad, la que se fue formando mientras leía a Cortázar, Borges, Freud, Jung, entre otros. Después, las religiones comparadas y la teología. ¿La universidad? Fue su entrada de lleno en la política. "Era plena UP. Me encontré con el MIR, los comunistas, los socialistas. Estaba en mi salsa", comenta.

-Como hombre de izquierda, hoy eres un descreído de todo. Te cargan Lagos, Bachelet, anulaste en la última elección.

-Pero eso no significa que no siga metido en política. Es mi gran pasión. Siempre ayudé y participé en política de manera independiente. Es que no duraba nada en los partidos. De todos me echaron; del socialista, comunista y del MIR, porque fumaba hierba.

-¿En serio?, ¿pero al menos te dejaban bailar apretado?

-Eso sí, siempre y cuando no usara blue jeans. Eso era muy yanqui.

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