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Raúl Zurita: "Si no hago nada nuevo, me siento peor que muchos que desprecio"

Zurita tenía 50 años, al iniciarse el siglo, cuando al mismo tiempo la enfermedad y el amor se adueñaron de sus días. Pero los temblores del mal de Parkinson y los años no hacen mella en su agudeza de poeta y de observador del mundo, ni tampoco aminoran sus ganas de seguir escribiendo. Sigue mirando, pensando y trabajando, porque no puede ni quiere evitarlo.  

por:  Rebeca Araya Basualto Fotos: César Silva
sábado, 05 de abril de 2014
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Rescatando las obras olvidadas

"En épocas de miseria -relata Zurita-, vendí todos mis manuscritos a un coleccionista multimillonario. Ahora, Francia me ofreció reeditar mis libros, cotejándolos con los manuscritos. Tras dos años, dimos con el coleccionista y nos permitió fotografiar el material. Resultó que eran dos baúles llenos de textos escritos por mí entre 1982 y 1990, y que yo tenía completamente olvidados".

Según cuenta, eran algo así como 6.000 páginas de borradores, incluyendo mil páginas de un libro llamado "La Vida Nueva".

"Cuando lo llevé a la Editorial Universitaria, hace dos décadas, me dijeron: 'Saca la mitad de los textos. De otro modo no los podemos publicar'. Y yo... los saqué. Al reencontrarme 20 años después con lo que quise publicar y confrontarlo con lo publicado, casi lloré".

Ahora está retomando textos escritos hace 30 años, corrigiéndolos, e incluso terminando algunos que quedaron inconclusos, para un libro que se llamará "La vida nueva, versión definitiva".


-¿Y qué viene después?


-Baudelaire dice en algún libro que, aunque no cree en Dios, le pide que, si llegara a existir, tenga la gentileza de darle un tiempito más, para escribir aunque sea un par de nuevos poemas, en verdad hermosos. 'Pido esto -dice Baudelaire- para así no sentirme el peor de los hombres, peor aún que aquellos que desprecio'. Hay días en que me siento tentado a repetir esa especie de oración, porque si no hago nada nuevo, me siento peor que muchos que desprecio y sentirse así no es buena idea.

Bailaba en una fiesta y sintió que por momentos no podía controlar una pierna. Pasó el tiempo y, tras un recital en Nicaragua, firmaba libros para sus admiradores cuando uno de ellos le dijo: "Usted tiene el Mal de Parkinson". El poeta volvió a Santiago y confirmó el diagnóstico. Poco después Paulina Wendt entró en su vida, para quedarse.

Cálido y frágil, con una sonrisa enorme que asoma fácil entre la barba blanca y tupida, sale a recibirnos al jardín de su casa, en un barrio tranquilo y señorial del sector oriente de Santiago. Exhibicionista y egocéntrico, su gato Dylan (en homenaje al cantante) ronda la escena.

A los 64 años, Raúl Zurita Canessa es un hombre sereno, algo tímido, de voz baja y respuestas meditadas. Parece lejano del poeta apasionado que ingresó al Partido Comunista a los 17 años y que estuvo detenido en un buque anclado en Valparaíso desde el 11 de septiembre de 1973 por 21 días que marcaron su vida y su obra. Pero cuando habla de arte o amores, de política o sueños, las palabras se atarantan, sus temblores se mitigan y las ideas fluyen con la misma fuerza que lo impulsa a escribir poemas hasta en el cielo.

Combatió al gobierno militar con desmesurados actos poéticos y estuvo a punto de quedar ciego cuando se arrojó amoniaco puro en los ojos; pobre, cuando escribió sobre Chile en el cielo de Nueva York; o desfigurado, cuando marcó su rostro con un hierro candente "porque necesitaba expresar, hacer visibles el dolor y la esperanza de Chile", recuerda este poeta que recibió el Premio Nacional de Literatura el año 2000 y que, tras ser motejado como el artista oficial de los gobiernos de la Concertación, tomó distancia de esa alianza política junto con declarar su profunda decepción de su, hasta entonces, admirado Ricardo Lagos.

La pobreza y la poesía

La pobreza lo acechó desde antes que naciera, cuando Josefina Pessolo, su hasta entonces millonaria abuela genovesa, debió embarcarse desde Rapallo, en Italia, hacia un país desconocido, siguiendo al marido que perdió la fortuna familiar en la Bolsa y tenía, como último patrimonio, algunas propiedades en estas tierras de nombre extraño. Ana, la única hija de ese matrimonio, eligió a los 15 años casarse en Chile con un hombre de aspecto enfermizo, don Raúl Armando Zurita Hinostroza, aunque su madre, ya agobiada por las deudas, hizo lo indecible por impedir el matrimonio que -auguró- terminaría de sumir a la familia en la miseria.

Raúl tenía dos años y su hermana Ana María tres meses cuando, a los 31 años, su padre falleció, como la abuela había pronosticado. Ella misma enviudó sólo dos días después. Así, con 28 años, la madre del poeta se hizo secretaria para sostener precariamente a la familia, mientras sus niños quedaban al cuidado de doña Josefina, cuyo carácter fuerte y los relatos de distintos pasajes de la Divina Comedia de Dante marcaron la infancia de sus nietos, hasta emerger de distintos modos en las imágenes y temas que Raúl estaba destinado a escribir.

Terminaban los años 60, el gobierno DC de la Revolución en Libertad llegaba a su fin y Chile enfilaba hacia la Unidad Popular. En esos días Raúl tenía 17 años y partió a Valparaíso para estudiar Ingeniería, junto con empezar a militar en el PC.

"La Federico Santa María era una universidad concebida para el desvalido meritorio, para los pobres de mi patria -recuerda, paladeando la grandilocuencia de sus frases-. Allí se consolidó mi gusto por la poesía, a través de un grupo de estudiantes con los que leí y discutí sobre el 90% de los autores que hasta hoy están en la base de lo que escribo".

Conoció al poeta Juan Luis Martínez, algunos años mayor que él, admiró su obra y enamoró a su hermana, Myriam, con quien se casó a los 20 años. Los días se sucedían urgentes: la militancia en el PC; las exigencias académicas; el inicio del gobierno de la UP; el nacimiento de su primer hijo, Iván (43), hoy arquitecto; y la omnipresente poesía, que iba convirtiéndose en su oficio, aunque ayudaba poco a resolver las apreturas económicas que agobiaban a la familia.

En 1973 nació Sileba (hoy artista visual), cuando el matrimonio estaba en crisis. Llegó septiembre de ese año y, aunque Myriam esperaba su tercer hijo (Sebastián, 40 años, cineasta), la pareja ya estaba separada.

A las 6 de la mañana del 11 de septiembre de 1973, tras una noche de insomnio, Zurita se dirigía a desayunar a la universidad cuando lo detuvo una patrulla militar. Su primer destino fue el Estadio de Playa Ancha. Cuatro días después, y por los 21 que siguieron, estuvo preso en las bodegas del buque Maipo, junto a 800 personas, en un espacio en que con suerte cabían 50, según recuerda. Tenía 23 años y recién había egresado de Ingeniería.

"¡Forza Raúl!"

Antes, durante y después de la prisión, el poeta recuerda una sola obsesión dominándolo:

"Todo lo que quería era conseguir un trabajo y cumplir mis responsabilidades como padre -dice-. Mi mejor trabajo fue vendiendo computadores y demostró que no soy buen vendedor. Sobreviví años robando libros caros, de arquitectura o medicina, para venderlos. Hasta que me pillaron".

Ana María, su cómplice hermana arquitecta, lo rescató de caer preso nuevamente, esta vez no por razones políticas. Pero el episodio tuvo costos.

"En 1979, cuando salió mi primer libro, llamado 'Purgatorio', yo podía verlo en las vitrinas de todas las librerías de Santiago. Pero no podía entrar a ninguna. El acuerdo para no mandarme preso me prohibía ingresar a cualquier librería y quedé fichado en todas".

-¿Qué opinaba tu madre de tu deseo de ser poeta y no ingeniero?

-Era incondicional mía. Pero sufría viendo lo que estimaba mi derrumbe absoluto. Los adolescentes y los jóvenes suelen ser muy egoístas. Sólo cuando eres padre y un hijo no llega, y pasan las horas y esperas y no llega... en situaciones como ésa comprendes lo que le hiciste a otro. La hice sufrir. ¡Qué diablos! -suspira resignado-. Es la vida no más.

En cuanto a su abuela Josefina, "para ella, yo y mi hermana éramos Jesús y la Virgen María encarnados -sonríe Raúl-. Cuando ya estaba viejita y muy chiquita, si pasaba por mi lado y me veía muy destrozado, me remecía y decía en italiano '¡Forza Raúl!'. No le gustaba que fuera escritor, porque no ganaría dinero. Y cuando comencé a publicar, ella estaba perdiendo la memoria.

Los años del CADA

En 1974 conoció a la escritora Diamela Eltit y todo indica que aquello fue un gran amor. De la relación nació su hijo Felipe (35), músico que hoy reside en París y es el que más cerca del poeta estuvo durante su infancia, pues sus padres estuvieron juntos por 11 años, convirtiéndose en actores sustantivos de la escena cultural más radical de la izquierda ochentera, a través del Colectivo de Acciones de Arte (CADA), lo que progresivamente alejó al poeta de la militancia comunista.

Ver crecer a Felipe fue una experiencia que Raúl atesora.

"Un día, lo miraba por la ventana mientras jugaba en la calle -relata-, debe haber tenido cinco años, y de pronto llegó corriendo un amiguito que lo encaró muy serio y enojado. A voz en cuello le gritó: '¡Me mentiste! Mi papá dice que el mejor poeta de Chile no es tu papá, sino un señor que se llama Pablo Neruda'".

También fueron los años más radicales de sus acciones de arte. En el prólogo del libro Anteparaíso (1982), Diamela Eltit escribió:

"El 18 de marzo de 1980, el que escribió este libro (Zurita) atentó contra sus ojos, para cegarse, arrojándose amoníaco puro sobre ellos. Resultó con quemaduras en los párpados, parte del rostro y sólo lesiones menores en las córneas: nada más me dijo entonces, llorando, que el comienzo del Paraíso ya no iría".

-¿Por qué hiciste eso?

-Quería escribir parte de los textos de un poema de Anteparaíso en el cielo de Nueva York. No tenía los recursos y la pobreza seguía atormentándome los días. Pero sentía en el estómago que eso lo iba a hacer. Y me pareció que el gesto de escribir en un cielo ajeno sería más bello si yo, que concebí las palabras, ya no podía verlas. Ese sería el Paraíso de lo creado y perdido. Pero mi intento fracasó. En 1982 escribí el poema en el cielo imaginado y aún entonces sentí que el acto poético estaba incompleto.

Por esos años también imaginó escribir sobre el desierto de Atacama una frase que sólo pudiera leerse desde el cielo. En 1993, dieciocho años después de concebir la idea, dejaría en el desierto la frase "Ni pena ni miedo", que ocupa 3.140 metros y sólo puede leerse desde lo alto.

"Crear en tu mente es fácil -afirma-. Lo difícil es poner tus ideas en el mundo. Por eso creo que el arte es una opción radical, absoluta, vital. No sobrevive en la mediocridad, porque su sentido es superarla, destruirla. Y para eso debes superarte a ti mismo".

Más tarde, entre 1996 y 1998, se reencontró con su profesión universitaria trabajando para el MOP en la ruta costera desde Arica a Iquique. "Mi especialidad en ingeniería son los caminos y puentes y ese trabajo me permitió conocer toda la costa del país. En el tramo Iquique-Antofagasta vi la maravilla de avanzar desde el desierto hacia el Océano Pacífico, y descubrí que, después de todo, me habría gustado dedicarme a la ingeniería, disfruto el oficio".

Arrastrarse sobre vidrios

A los 35 años las becas y los premios, junto al reconocimiento editorial, trajeron la ansiada estabilidad económica, asociada a la valoración de su muy prolífica obra.

"Justo entonces me perdí. De tanto mirarme a mí mismo, dejé de ver a quien estaba conmigo -reconoce-, esa es mi parte de responsabilidad en el fracaso con Diamela. Y así aprendí que cuando el dolor de una pérdida es como arrastrarse sobre vidrios molidos, ni el Premio Nobel sirve para aliviar el sufrimiento. Lección dura, pero fundamental".

Tenía 50 años cuando empezaba el siglo y descubrió su amor por Paulina Wendt, una colega de la universidad en que hace clases, 16 años menor, a la que le propuso matrimonio cuando ya sabía que el Mal de Parkinson lo acompañaría de por vida y que terminará por dejarlo inválido. Están casados hace 12 años y dice que nunca temió que ella lo rechazara.

"Jamás intento seducir -confiesa-, porque me muero de plancha si no me aceptan. Yo creo que si uno ama profundamente, seriamente, graciosamente, en cuerpo y en alma, sin miedo ni cautela, lo único que puede ocurrir es que a uno lo amen también. Y así fue".

Y se queda en su casa luminosa, preparando alguna clase acompañado del gato Dylan, a la espera de la mujer cuya proximidad -dice- calma los temblores de su enfermedad y con la cual el acto de escribir, que por años fue su rito solitario, hoy se hace más fácil si ella está cerca.

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