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Turquero por unas horas: A todo vapor en pleno centro

No se parecen al establecimiento de Estambul en la foto, pero fui a conocer un baño turco santiaguino para sentir en piel propia los beneficios de esa actividad higiénica que para la mayoría de sus cultores es una arraigada tradición familiar. Fue caluroso, y mucho, pero salí renovado, limpio... y un poco pálido.  

por:  Eduardo Rossel F./La Segunda
sábado, 12 de enero de 2013
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El olor a eucaliptus es más intenso al bajar al segundo subterráneo de Miraflores 353. Allí funciona desde 1969 -literalmente, a todo vapor, y de lunes a domingo- el más tradicional de los baños turcos de la capital, un verdadero templo para los feligreses adictos a la higiene corporal.

"Son 8 mil pesos la entrada. El tiempo que desee. El masaje, la podología o algún refrigerio se cancelan aparte... Y esa promo ya no está disponible", me dice, amable, la cajera cuando miro con intención de ahorro un cartelito que oferta ingreso y friega por $12 mil.

Ahora, si además de aseado pretendo salir descontracturado, entonces debo pagar otros $5.500 por 30 minutos de sobajeo profesional y 6 mil más para que el podólogo lidie con durezas, extirpe callos y corte uñas pinchudas.

Estimo, a 'boca de caja', en 10 mil a 20 mil pesos la inversión de los parroquianos que asisten a esas iluminadas catacumbas, donde antes muchos solían acudir a eliminar toxinas e impurezas día por medio. "Quedan pocos de esos -dice el masajista-, una vez a la semana es lo habitual".

"Es mi primera vez", le digo a la cajera, sin confesarle que expondré mi cuerpo a una sesión de limpieza sólo para atisbar y sentirme parte, por un rato, de esa subcultura de los autodenominados turqueros.

Aprendiz de turquero

"Entre nomás. El camarero le explica", me responde la mujer.

Cruzo la puerta y un calorcillo húmedo me abraza suavemente. Al medio de un largo pasillo, un tipo con pinta de enfermero me extiende amable una sabanilla caqui y unas 'condorito' de goma.

Luego me guía hacia el estrecho corredor de los camerinos individuales. "Salga sólo con la sábana y las chalas, eche pestillo por dentro", me instruye el camarero. El recinto se ve moderno y bien cuidado. Construirlo, dicen, fue la primera pega de Abraham Senerman, el arquitecto del ultramoderno edificio Titanium.

Me tocó el vestidor 52. No puedo olvidarlo, porque una vez desnudo el número será mi pasaporte. A partir de ahora, para cualquier efecto, seré "el 52".

Titubeo al cerrar la puerta tras de mí. Con la sabanilla -pudoroso- amarrada a la cintura, pido instrucciones para que mi performance turquera no derive en desastre.

"¡No se haga el campeoncito!"

Por consejo médico, en los años 60 José 'El Padrino' Aravena se hizo adicto a los desaparecidos Baños Santiago (Moneda y Morandé). El día que lo atendieron mal aceptó la oferta de construir un baño turco en el subterráneo de un futuro edificio de estacionamientos, y la familia continúa el negocio.

"A la derecha el sauna, al medio descanso, el chorro a la izquierda. Atrás, vapor, descanso y toro seco. ¡Y no se haga el campeoncito!", me instruye el asistente, que sin percatarse de mi cara de espanto me hace entrar a lo que me parece la antesala del averno.

El calor es más intenso y varios sujetos yacen desparramados, calatos y silentes en cómodos asientos y reposeras de azulejos.

Dos hombres sentados cerca de la puerta -con la sabanilla en su lugar- mascullan un saludo. Inhibido por los querubines dormilones y los carteles de "¡Silencio!", me siento junto a ellos para escucharlos.

Callados permanecemos los tres un buen rato hasta que un hombre grande y barrigón se instala frente a los lavamanos y nos hace un gesto que apenas percibo. El tipo a mi lado coge un paño y le jabona el cuerpo. Luego se lo pasa para que él mismo friegue sus partes íntimas.

El "bañero" -que recibirá una propina de mil pesos según el código no escrito del lugar- regresa a sentarse al lado del otro sujeto que también trabaja aquí. Se ve mayor y algo enclenque para masajista, pero no jabona a nadie ni atiende el pedido de "dos huevos a la copa... mejor tres" que hace a media voz un pilucho dormilón que despertó hambriento.

Descontracturado

Para hablar con alguien opto por un amasamiento anatómico y pregunto por el masajista. El senescente se pone de pie y camina con algo de dificultad hacia la cabina. "Boca arriba", me dice, indicando una camilla, luego disminuye la luz y sintoniza a Ricardo Cocciante en la radio.

Mario Téllez me cuenta que trabaja aquí hace 43 años y mueve sus manos con fuerza y velocidad sorprendentes para su edad. Cuando le digo que soy periodista, me nombra a los "colegas" que han pasado por sus manos: "Tito Mundt, Juan Emilio Pacull, Adolfo Yankelevich, Augusto Olivares, Jorge Pedreros, Fernando Alarcón, y además Don Francisco...".

Relata una anécdota o recuerdo de cada uno y sus fricciones se tornan más intensas. De pronto, me parece que rejuvenece mientras me disuelve nudos y contracturas con energía inusitada. Yo me siento cada vez más débil y con ganas de dormir. "Dese vuelta", me pide y ataca mi espalda con brío. "No te duermas, no te duermas", me repito.

"El ambiente aquí es familiar. Vienen papás y mamás con sus hijos. Las mujeres pasan a su sector y los varones al suyo. Después se juntan a la salida y van a comer", me dice más tarde la administradora, Carolina Aravena, preocupada de ahuyentar algunos prejuicios que persisten sobre estos recintos.

¿Cuánto rato debo pasar en cada sector?, le pregunto al bañero.

"Lo que aguante. Pero no se haga el valiente y dese una ducha fría al salir de cualquier sala".

Con el consejo, la sabanilla y un paño azul para la cara, ingreso al sauna. Es pequeño, todo de madera y con asientos como galería. Me sitúo en la primera grada, donde el calor es menor. Sobre un calefactor tres grandes piedras están incandescentes. Ingresa un señor maduro que permanece de pie y se pone paños húmedos sobre su cabeza.

La temperatura es alta, pero respirando cortito se soporta. El sudor corre abundante por mi piel. Si me esfuerzo, tal vez vería las toxinas proscritas. Y la verdad es que comienzo a sentirme más liviano.

Después de un rato, emerjo del sauna como un campeón y me doy la correspondiente ducha fría. Me siento listo para las ligas mayores y enrumbo mis chalas hacia el segundo sector, donde aumenta notoriamente el calor.

Yo contra el vapor

En la nueva sala de descanso la temperatura es de 45 grados. Hay varios tipos de entre 30 a 40 años, casi todos con algún tatuaje. El número 54 tiene pinta de ejecutivo y encarga una ensalada de frutas como almuerzo, parece empecinado en contener a tiempo una incipiente barriga.

También hay un veinteañero que recorre el recinto acompañado de otro un poco mayor que él. Mi piel, el órgano más extenso de todo ser humano, excreta impurezas en abundancia. Envalentonado, me dirijo raudo a la sala de vapor.

Tiro la puerta, ingreso y un puñete de calor me aplasta la nariz. Abro la boca para tratar de respirar y el vapor caliente me quema por dentro. Al fondo de la sala, justo en medio del ardiente chorro blanco con penetrante olor a eucaliptus, un pilucho de lentes oscuros observa mi ahogo sin inmutarse. "Si este es el infierno, ese es el demonio", pienso, mientras pienso en escapar. La maldita puerta me niega la huida hasta que me doy cuenta de que se debe empujar y no tirar para salir.

Me escabullo avergonzado y permanezco largo rato en una ducha helada repitiéndome el consejo inicial: "No se haga el campeoncito".

Para recuperarme vuelvo al sector del primer descanso, el más suave, donde permanecen principalmente los fieles de más edad. Cuesta entablar una conversación. ¿Qué se le pregunta a un hombre mayor sin ropa, mutis y con los ojos cerrados? Sigo sin tener idea.

El bañero comenta que sábados y domingos asisten grupos de amigos o lotes familiares y el ambiente es más dicharachero. Los lunes sólo hay penitentes pagando los pecados del "finde", que se suman a los que desean purificar el cuerpo para sobrellevar una larga semana laboral.

Le cuento mi bochorno con el vapor. "Se quedó en la puerta y recibió el golpe de calor", es su diagnóstico. "Tiene que meterse rápido pa' dentro y evitar sentir el cambio de temperatura".

Dulcecito a la casa

Aquí voy de nuevo. Abro la puerta, salto al interior, avanzo hacia una silla plástica y no alcanzo a llegar. Mi organismo llama a retirada. Turquero que huye no muere desollado, me digo, y otra vez a la ducha y al primer descanso.

Recuperado parto al Toro, donde el calor es alto, pero seco. Allí está el "48" y quiere parlar. El es habitué de Los Monumentales, pero analiza mutar de 'parroquia'. Sólo lamenta que aquí no hagan "friegas de bicarbonato o de miel", como ofrecen allá: "Te vai dulcecito", me dice riendo.

Luego me reprende: "Perdís plata si puro vas a estar en los descansos". Le cuento mi doble derrota frente el vapor. "Anda al chorro, date un golpe de agua helada y con los poros cerrados entra al vapor".

Paso por el chorro, que es como un baldazo gigante de agua que cae de golpe, pero de manera continua. Completamente empapado aquí voy otra vez. Abro la puerta, ingreso, llego a una silla y me siento. Estoy por arrancar, pero me doy cuenta de que tras la neblina el "48" me observa burlón. Perseguido, decido tolerar un minuto... 1 - 2 - 3... 59 - 60. Ninguno se para y no quiero salir antes que alguno de los que ya estaban adentro. 1 - 2 - 3... 59 - 60. Nadie se va.

Estoy seguro de que 48 y otros dos esperan que arranque. Me aguanto, me aguanto... ya no soporto, pero me niego a abandonar mi silla plástica hasta que otro escape primero. 1 - 2... 18... al fin uno se va, resuelvo contar hasta 60 antes de seguirlo, pero a los 22 me paro para aprovechar la puerta abierta... no vaya a ser cosa que se atore de nuevo.

Me pasan toallas y la llave 52. Un duchazo, me visto, pago el masaje y dos minerales y emerjo al mundo real. Estoy seguro de que al menos kilo y medio de mí se quedó allá adentro. Troto al Transantiago y las rodillas no reclaman. Paso la Bip y me asombra mi pálida mano... nunca la había visto tan blanca.

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