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Paula Gálvez, única piloto nacional que ha finalizado la carrera: "Si en Chile no hay interés, mejor que se vaya el Dakar"

Aquí recuerda los momentos más difíciles del Rally y critica duramente a las autoridades por el poco profesionalismo para recibir la competencia.  

por:  La Segunda
jueves, 29 de enero de 2015
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Por Javier García Mendoza 


Hace un año Paula Gálvez (31), única chilena en terminar un Rally Dakar, estaba tirada en la cama con su madre viendo imágenes de la versión 2014 de la competencia en la TV. "Me dio una gran angustia, esa sensación de que estoy acá, pero debería estar allá. Da lo mismo si me iba bien o mal, sentía que yo debía estar del otro lado de la pantalla", comenta.

Claro que a Paula el bichito de las tuercas la había picado hace ya un tiempo. Su padre y su hermano siempre estuvieron muy ligados al mundo del motor, donde competían con bastante frecuencia. Y cuando comenzó a trabajar (hoy hace clases de Educación Física en el colegio Mayflower) y juntó dinero para comprarse una cuatrimoto, supo que este deporte iba a convertirse en parte importante de su vida.

-¿Por qué será que no corren las mujeres este tipo de competencias? Tú eres una excepción, claro está.

-El Dakar es duro para cualquiera. Los hombres, por un tema genético o social, son y van a seguir siendo más afines a este tipo de deportes, pero yo les veía la cara y estaban igual de muertos que yo. No porque yo haya corrido y terminado el Dakar significa que más mujeres se van a motivar a competir. Hay que estar dispuesta a correr el riesgo de perder la vida.

-Así de fuerte...

-Es que los riesgos están ahí. En el Dakar uno pasa por lugares extremadamente peligrosos, y si se te llega a ir un poco el vehículo, te mueres, así de simple.

Mirada crítica

"A mí me encantaría que el Dakar se quedara en Chile, pero no de esta forma. Si acá no hay interés, ni las ganas de hacer una buena carrera y tomarse en serio las cosas, de frentón es mejor que no esté, que se vaya", asegura sobre el rumor de que la competencia no pase más por el país.

-¿Era mucha la diferencia en comparación a Argentina y Bolivia?

-Sí, impresionante. El calor de la gente, el fanatismo era mucho mayor en los otros países. Era como que una llegaba a Chile y recibía un cubetazo de agua fría.

-¿Y a nivel organizativo?

-La diferencia era abismante. En Argentina no paré nunca en un semáforo porque estaba todo el tránsito cortado para nosotros. Las bombas de bencina eran sólo para los pilotos. En Bolivia la gente también era espectacular, era feriado el día que entramos y el Presidente andaba pendiente de todo. Esas cosas son profesionales.

-¿Y en Chile?

-Es súper triste lo que voy a decir, pero aquí tuvimos que bajar a Iquique por un basural. En Antofagasta fui a echar bencina y llegó un borracho a molestarme todo el tiempo. ¡En los peajes había que pagar! Cero organización. En Argentina te dejaban pasar porque se entendía que estábamos inmersos en una competencia. Pagarles el peaje a los pilotos no es una discusión de plata, sino de cultura deportiva. ¿Para qué va a seguir el Dakar en Chile si va a continuar así?

El eterno dilema: Tu sueño o tu vida

-¿Hubo momentos bravos?

-Muchos. Este Dakar estuvo durísimo. Hablé con varias personas que ya llevan varias ediciones en el cuerpo y me dijeron que fue la más dura desde que arribó a Latinoamérica. Cada día era una sorpresa. A veces tú miras el libro de ruta y uno ve que son 200 kilómetros... ¡Pero nadie te dice que esos tramos son adentro de un cañón con un río en el que con suerte cabe tu moto!

-¿Supongo que pensaste en el algún momento que tu vida era más valiosa que completar la carrera?

-Sí. En el salar de Uyuni pensé que estábamos todos en riesgo de morirnos. Hubo 45 pilotos con hipotermia. Entonces, cuando pasan esas cosas y todavía te quedan 100 kilómetros para salir del agua... ¿Qué pasa? Te quedas dormido y chao, no despiertas más. En un momento yo tenía mucho frío en las manos y Patricio Cabrera me prestó unos guantes porque sentía mis dedos demasiado congelados. No valía la pena correr el Dakar si iba a terminarlo con un dedo menos.

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