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Alberto Mayol: "Soy muy malo para aceptar presiones, así que nadie lo intenta"

El niño terrible de la Enade 2011 ahora tiene guagua en casa y anda embelesado con las rutinas de padre primerizo. En sus opiniones sobre nuestra sociedad sigue siendo cáustico y provocador, pero ahora es un sociólogo que cambia pañales. Cultiva una imagen de rebelde con pelo largo y polera negra, pero no toma y va al gimnasio varias veces por semana. También dice que no piensa demasiado en política... a muchos les costará creerle.  

por:  Rebeca Araya Basualto
sábado, 11 de enero de 2014
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Papá noctámbulo

A Alberto se le enternece la mirada cuando habla de su hijo y cuenta cómo inventa horas para él en una agenda atiborrada de clases en las universidades de Chile y de Santiago, en medio de una vorágine de correcciones de prueba, columnas en la prensa, libros, entrevistas y programas de televisión. "Me gustan los niños y éste fue un hijo buscado y esperado. Ahora tengo que reinventar los días para disfrutarlo. Por la pega paso mucho tiempo fuera de la casa, pero aprovecho que despierta temprano y yo no duermo mucho, así que me hago cargo en la noche. Es muy impresionante esto de tener una guagua".

Quienes lo vieron en la versión 2011 de la Enade, diagnosticando ante la élite empresarial el derrumbe del modelo -título de un libro que publicaría al año siguiente-, no creerían que Alberto Mayol es en persona más bien tímida, aunque algo de eso se percibe entre frases bien puntuadas y las elaboradas reflexiones con que aborda cada tema. Tampoco lo creerían quienes, desde su sonada irrupción pública en ese foro, lo han visto convertirse en personaje recurrente de los medios, con opiniones asertivas y cáusticas sobre una sociedad cuyos cambios vaticina apoyado en frecuentes citas de Carlos Marx, haciendo una crítica implacable a la gestión de los gobiernos concertacionistas y, por supuesto, del actual.

Prolífico en columnas, apariciones televisivas, comentarios radiales, publicaciones académicas y libros, Mayol interesa a muchos, ilusiona a algunos, asusta a unos cuantos e irrita a los demás. Quizás porque parece disfrutar provocando conscientemente al poder y a los poderosos.

De Mayol a Mayol

Es hijo único del matrimonio de Mariana Miranda y el periodista Manfredo Mayol, uno de los jóvenes que en 1977 estuvo en el cerro Chacarillas y que hoy es hombre de confianza de la UDI en materias publicitarias y estratégicas del área de las comunicaciones. Manfredo es obviamente ave de un corral político muy distinto al del sociólogo de la desigualdad famoso por estos días, aunque eso no es algo, según su hijo, que requiera demasiado análisis.

"No hay entrevista en que no surja la pregunta sobre mi padre, con el que tengo una buena relación desde el respeto mutuo. Y me cargan esas visiones psicologistas que suponen que mi posición política tiene que ver con diferenciarme de él y todo eso de 'matar al padre'. Somos personas diferentes, nos queremos desde y con nuestras diferencias. Nada distinto de otras familias", explica, enfático.

Alessandro se llama el primogénito de Alberto y su pareja, una cientista política que conoció de joven y que reencontró cuando ella volvió tras vivir unos años en Londres. Un pololeo de nueve meses los llevó a la decisión de vivir juntos y tener un hijo. Hoy Alessandro suele despertar a las tres de la mañana, pero encuentra a su padre atento para la muda y listo para llevarlo a que su madre lo amamante.

-Alessandro también es hijo de un Mayol con perfil público. ¿Te preocupa eso?

-Me parece terrible. Uno de los síntomas de enfermedad en nuestra sociedad es categorizar a las personas en función de quienes son sus padres, cuál es su barrio, de qué colegio vienen. De joven me acostumbré a que si llegaba a un lugar en que había gente de derecha, era bien tratado, lo que me indignaba, porque no miraban mis méritos, sino mi apellido. Y si eran de izquierda, yo partía teniendo que remontar desconfianza y descalificación. Gané mi lugar, pero quisiera pensar que cuando mi hijo crezca no tendrá que vivir como propia la historia de otros, antes de encontrar su propio espacio.

-¿Cómo se tomó tu madre que en un plazo tan corto hayas armado pareja y familia?

-No sé. Nunca le pregunté. Yo soy muy malo para aceptar presiones, así que nadie lo intenta.

Tras la separación de sus padres, Alberto creció en un ambiente presidido por la figura del abuelo español, médico socialista que llegó a Chile escapando de la guerra civil, tras ser apresado por los franquistas y sufrir simulacros de fusilamiento. En Chile se hizo radical y en tiempos de González Videla protegió a los comunistas perseguidos por su gobierno.

"Vivir las dos miradas del mundo en tiempos de la Guerra Fría me hace comprender la política con realismo y sin miedo a la utopía", dice Alberto.

La Cisterna y Los de abajo

Este nativo del signo Cáncer creció en La Cisterna, en la vieja casona del abuelo, a cuya biblioteca tenía acceso irrestricto. De adolescente su música favorita fue el flamenco y los clásicos ("Era muy perno, siempre lo fui", recuerda). Alternaba allí horas leyendo lo que estuviera a su alcance con el tiempo que compartía con sus amigos delincuentes ("Que me atraían, porque eran gente interesante"). Cree que con ellos se entendía bien, porque su personalidad callada y observadora les daba confianza.

Se hizo hincha del Club Deportivo Universidad de Chile, pero no recuerda muy bien cómo. "Mi mamá es de la U. y mi papá es del Colo -cuenta-. No recuerdo un hito que me hiciera elegir equipo, pero era muy fanático del fútbol de niño y sufría harto. Escuchaba por la radio los partidos mientras jugaba con la pelota".

En el estadio prefería ver los partidos desde la barra. "Se veía bastante mal el juego, pero me interesaba el fenómeno de las barras, aunque hay en ellas una cierta cosa fascistoide que me complicaba. Muchos líderes de 'Los de abajo' eran pinochetistas y la gente de la barra era de izquierda. Era raro eso".

Su adolescencia transcurrió escuchando en la radio la música ochentera que su familia prefería y él se asombra que esa música siga vigente en el gusto popular hasta hoy (de lo contemporáneo, él prefiere la Banda Conmoción y Manuel García).

"Es un tema para investigar que este país tenga un vínculo emocional con la música y los artistas que fueron el telón de fondo de sus peores años. A veces creo que los chilenos, pese al paso de las generaciones, seguimos anclados en ese tiempo y por eso nos cuesta tanto cambiar", reflexiona.

Sueños y farándula

Una lesión lo alejó del deporte, aunque va al gimnasio entre tres y seis veces a la semana. Algo de eso se nota en el aire cuidadosamente descuidado que cultiva, vestido siempre de sport, pero con ropa de buena calidad, que sabe combinar con acierto.

En su tiempo libre, dice, "leo y escribo. Ahora, siendo padre, los fines de semana tienen menos trabajo y más familia. Pero lo más importante para mí es leer. Si no, me deprimo".

-Anunciaste un libro sobre lo que sueñan los chilenos. ¿Lo terminaste?

-Lo postergué por falta de financiamiento para avanzar en la investigación. Nuestra hipótesis era que tu clase social se expresa en lo que sueñas. Y se comprobó. La gente encuestada de mayores ingresos sueña con más frecuencia que vuela, es libre, se proyecta. Y la de menos ingresos, se sueña atrapada o entrampada en ciénagas u otras formas que les impiden avanzar hacia sus metas. Lo importante de esto es que cuestiona las premisas del individualismo como marca de este orden social.

De hecho, cree que el individualismo de nuestra sociedad es algo bastante debatible.

"Vivimos en la sociedad más estandarizada de que se tenga memoria, donde la ropa se diseña en dos o tres países y se produce en otros pocos. Lo que consumimos, lo que deseamos, todo está estandarizado. Las universidades y colegios son fábricas de 'normalidad', en tanto producen personas funcionales a un modelo globalizado. Y, sin embargo, estamos convencidos de que somos únicos e irrepetibles y de que cada uno pelea su propio combate. Algo no anda bien cuando nos vemos y describimos como no somos", comenta.

En ese escenario, continúa, "la farándula está para vaciar de contenidos relevantes el espacio público. A tal punto que me dicen 'te pusiste farandulero' desde que estoy en la tele. Y allí hablo de desigualdad y de teóricos como Gramsci o Marx, o del rol de los movimientos sociales, en fin, los temas que conozco y me importan".

Lo que ocurre, a su juicio, "es que se ha construido la impresión de que los medios masivos son el espacio para hablar de implantes que se ponen o romances que se rompen. Y no importa si tomas parte o no esos temas, porque son los que se supone están allí y lo que corresponde encontrar en los medios masivos. Ahora, uno se puede rendir y marginarse de los medios, o asumir éste como un espacio en disputa. Yo estoy disputando espacio".

Los amigos del bar

Enamorado de la comuna de Nuñoa, donde piensa asentarse, admite que no es de muchos amigos ni se entiende bien con su generación.

"Mi generación tiene una incapacidad de disfrute muy fuerte -dice-, su relación con el goce es un poquito patética, basada en la fiesta como momento evasivo, donde vas a tomar hasta 'borrarte', que no es lo mismo que emborracharte con los amigos como parte de la fiesta. Hubo un tiempo en que me gustaba tomar. Ya no, porque la referencia que veo es tan evasiva que no la disfruto".

-¿Eres una especie de viejo chico siempre?

-(Se ríe con ganas) Hace años participaba en un programa en la Radio Universidad de Chile, con tipos que eran todos de 55 para arriba y después nos íbamos a tomar. Ellos eran bastante más entretenidos que mi generación. Transitaron desde el maoísmo al fascismo, y mientras hacían negocios, escribían su novela o creaban una pieza musical, o algo. Con ellos era entretenido conversar... o ponerse a cantar en el bar.

-¿Siempre piensas en política? ¿Todo lo ves como tema para analizar?

-No pienso demasiado en política. No conozco los nombres de moda en la política, ignoro las historias familiares, no soy un experto en eso. Me gusta la teoría, la filosofía y la literatura. Leo más literatura que cualquier otra cosa. Ahí emerge claramente el alma humana. Y ese es el tema que me importa.

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