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“Hombres jugando en el paraíso”

Unos autos exclusivos aparecieron esta semana en el festejo de los cien años de la empresa BMW, y el impacto fue instantáneo.

por:  La Segunda
viernes, 23 de diciembre de 2016

Justo cuando la empresa BMW festejaba un siglo de vida automotriz durante la noche del miércoles, aparecien en la cita dos Rolls Royce de color negro, motor de doce cilindros, tablero de nogal y el emblema RR bordado con taladro en el capó. Uno de los Rolls Royce, a vuelta de neumático, cruzó un jardín de rosas de la Hacienda Guay Guay, en el corazón del Chicureo fértil, y sus dos focos iluminaron a treinta y ocho personas boquiabiertas. El otro Rolls Royce permanecía cubierto con una tela elegante, y a las 21 horas fue destapado con un gesto artístico y a la vez brutal, como si rompieran el vestido de La Gioconda. Entonces, en medio de un silencio místico, emergió un descapotable de cuatro puertas, un Rolls Royce Dawn, la sorpresa de la selecta velada, y uno de los invitados, sin asomo de broma, se persignó.

—¿Qué hace?

—Para mí, esto es la presencia de Dios —reveló Juan Francisco, un tuerca en el paraíso.

—Y usted, señor, ¿qué piensa?

—Un Rolls Royce es la suma de la tecnología y el arte, la conjugación de la funcionalidad con el éxtasis —apuntó, con los ojos abiertos, y tal vez un inicio de lágrima, Mauricio Olivares, uno de los dueños de la Hacienda Guay Guay.

La fiesta se transformó en un evento religioso: una procesión se dirigió al vehículo para retratar a ese Rolls divino que llega a cien kilómetros por hora en cinco segundos y que —dicen— ha sido ofrecido a Farkas —pero Leonardo los compra en Nueva York, argumentan desde la marca—. Los asistentes, con gestos de zombi, tocaban el tapiz naranja y disparaban el flash. Jorge Deher, un periodista experto en autos deslumbrantes, apoyó las dos nalgas en la maleta y gritó al viento: “¡No me lavo en una semana!”. Dos hombres retrataban la manilla. Una mujer coqueteó descaradamente con el asiento del piloto. Otro invitado, con apariencia de coherente, reía por reír, por felicidad automotriz. Y a lo lejos, un gerente de ventas miraba todo en paz y las manos en los bolsillos: “Es el efecto Rolls Royce, compadre”, dijo Manuel Guzmán, el sereno ejecutivo de la marca. ¿Por qué señores bien equilibrados pierden la compostura? Guzmán sonrió: “Todos admiran a los Rolls Royce. Es legendario. Es, además, un auto de lujo que no cae mal”, agregó. Un Rolls Royce Phantom, por ejemplo, un modelo ideal para emperadores, se puede internar en una zona marginal y saldrá intacto. Es el lujo carismático, el vehículo que traslada a la realeza. Nadie le hace daño. Es, como dijo un empresario, adquirir estatus por medio millón de dólares.

—¿Te gustaría manejar un Rolls Royce Ghost mañana? —preguntó el gerente Guzmán, con tono rutinario, como si preguntara “¿alguien quiere agua mineral?”. No hubo que dar una respuesta. La fiesta, de alguna manera, había terminado.

Flotando

Un equipo de este diario, sin hablar, con poses religiosas, ingresó a un Rolls Royce Ghost a las 13 horas del jueves. Este es el auto que conduce en Londres el ex futbolista David Beckham: velocidad máxima 260 km/hora, su patente en Chile cuesta 8 millones de pesos, hay un paraguas adherido en cada puerta. Rodrigo, en fin, aceleró, y la nave flotó por una avenida. En un semáforo alguien abrió una ventana y miró a la clase media con piedad.

—Es otro mundo —murmuró Alejandro, sacando fotos.

—Me siento distinto. Es como estar con la princesa Letizia —confesó uno.

Guzmán, el gerente, iba en el asiento trasero y dijo algo sobre la magia, al cambio de personalidad que ocurre al instalarse en el cuero de un Rolls. El mundo se ve a la inversa, desde arriba, en las nubes.

—¡Pícalo! —provocó alguien.

Rodrigo, como ocurre con todos, perdió la mesura, y pisó el acelerador con cara de millonario. Calma, pidió el gerente. Calma nada, el vehículo rondó una velocidad de jet, y todos rieron enajenados. Luego el auto se detuvo en una bomba de bencina, y el efecto es lapidario: todos fijan la vista en esa carrocería negra, porque los Rolls Royce —como lo advirtió Sinatra— pueden ser de cualquier color, siempre y cuando sean negros. Un joven compraba bebidas, y dijo: “El que maneja debe estar forrado”. Nadie queda inmune al efecto. Se venden diez al año, dijo el gerente. Nunca en este país ha chocado un Rolls Royce, añadió con alivio.

Y el auto siguió volando por una autopista con los tripulantes callados. Rodrigo tocó la bocina para, en medio de tanta serenidad mecánica, probar un ruido. Sin embargo, al rato hubo que devolver esa fantasía a la empresa. El gerente dijo: “Cuando quieran”, y estrechó las manos. Ahí el equipo de prensa bajó del Rolls Royce Ghost y volvió a pisar la tierra. El paraíso duró sólo media hora.

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