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“Los Darth Vader de hoy andan rodeados de asesores comunicacionales”.

Fan irremediable de la saga de Lucas, el economista le baja los humos a “Rogue One” y analiza por qué las primeras trilogías funcionan como una alegoría del fracaso de la libertad.

por:  La Segunda
viernes, 23 de diciembre de 2016

Un niño chileno en un barrio obrero de Gloucester, al suroeste de Inglaterra. Vive en estrecho contacto con veteranos de guerra y relatos heroicos que resuenan fuerte en su comunidad. Bastará con una visita al cine junto a su padre para que esa cotidianidad anclada en el pasado se traslade al espacio exterior. Las viejas batallas de la Segunda Guerra Mundial que suele imaginar junto a sus amigos se disputan ahora en la inmensidad de la galaxia. El ataque a la primera Estrella de la Muerte, por ejemplo, parece una réplica perfecta de la Operación Castigo, el célebre bombardeo de los aliados a las presas de las cuencas del Ruhr (1943).

Para Oscar Landerretche (44), “Star Wars” fue más que un escapismo de ciencia ficción. Funcionó también como una alegoría de su entorno, de su barrio de exilio, de un país que aún vivía bajo los fantasmas de la guerra.

“La primera trilogía es de apenas unos treinta años después de finalizada la contienda, cuando muchos de sus protagonistas eran padres y abuelos, por lo que la lucha épica contra el nazismo formaba parte esencial del relato cultural que sostenía la política, sociedad y economía occidental de posguerra”, anotó en su libro “Vivir juntos” (Debate).

Hoy las cosas han cambiado. Con un George Lucas retirado en el palacio del reconocimiento, “Rogue One” huele más a extensión comercial que a obra visionaria.

“Está mejor armada que el Episodio VII. Hay una historia más interesante, no es un copy-paste impresentable como la anterior. Pero definitivamente no tiene el subtexto o la meta-narrativa de la trilogía original. Ahí había una mitología de la modernidad que es muy interesante”, analiza.

—Hillary Clinton llamó una vez Darth Vader a Dick Cheney. ¿Por qué crees que la saga está tan presente en la esfera política?

—Es que retrata los conflictos que tenemos. Desde el fin de la Antigüedad, desde las revoluciones liberales de mediados del siglo XIX, las sociedades se han debatido entre el problema de la libertad —la creación de sociedades en que todos somos libres— y la tendencia de abusar de ella hasta convertirla en un desorden ingobernable. Eso ha pasado muchas veces en la historia, y lo que asusta es que esas situaciones siempre terminan con una solución autoritaria. El libro de Marx, “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, trata de eso. De cómo el proceso revolucionario se convierte en libertinaje, cómo la Revolución francesa termina en autoritarismo. Ahí está el poder del mito político. Lo que las primeras trilogías narran es la gran tensión de la sociedad moderna por intentar establecer un modelo democrático. Es la historia de la Unidad Popular, de la Segunda República Española, de la República Romana.

—Darth Vader, un héroe convertido en déspota, parece representar las contradicciones de la democracia.

——Darth Vader es el tipo que por establecer la paz, liberar a los oprimidos, hacer justicia y ponerle fin a la corrupción termina siendo un tirano. Esa historia la hemos vivido muchas veces. Stalin, Hitler, Franco, Pinochet. Todos ellos se consideraban liberadores y limpiadores de los corruptos políticos. Las primeras trilogías hablan de la crisis de las sociedades liberales y su derivación en un modelo autoritario. Cuando Luke Skywalker está colgando y Darth Vader le dice “yo soy tu padre”, también le dice “únete a mí y juntos le daremos la paz a la galaxia”. Los tiranos siempre dicen que hacen todo lo que hacen para eliminar la corrupción y establecer la paz. Nunca dicen que lo están haciendo por el mal.

—¿Es “Star Wars” una crónica de la tragedia de las utopías políticas?

—Por supuesto. Termina mal. Este mesías que encuentran los Jedi para hacer justicia se convierte en Hitler. Lo terrible del mensaje de “Star Wars” es que a veces el odio, la ambición y el rencor convierten a las personas valiosas y con mejores intenciones en tiranos y represores. Es uno de los mensajes más horrorosos que hay, y no me parece casualidad que se haya hecho cuando recién se acababa de procesar la posguerra.

Berlusconi y el lado oscuro de la fuerza

—Además de la Operación Castigo, en su libro traza analogías entre la Operación Barbarroja y la batalla de Hoth (“El imperio contraataca”) o el desastre de Leros y los enfrentamientos en Endor (“El regreso del Jedi”). ¿Da la nueva película para una analogía histórica? Si hablamos de una operación fracaso, pienso en la batalla de Galipoli…

—En Galipoli hay un plan estratégico que fracasa, pero ésta es una operación comando suicida en la que se logra el objetivo. En todo caso, creo que esta película no funciona en la lógica histórica. Veo, eso sí, un pequeño elemento: ciertas referencias a los conflictos de Medio Oriente. Hay un tanque con unos militares del Imperio en una ciudad claramente árabe que es atacada por un terrorista. Algo de eso hay. Pero referencias tan explícitas como en la primera trilogía no veo. Tampoco hay una narrativa profunda respecto de una democracia que entra en crisis y se desordena para dar paso a una solución autoritaria. Lo que hizo Lucas fue extraordinario. Se agarró también de la mitología nórdica clásica. Hizo un sincretismo. Han Solo, por ejemplo, es un vaquero. Metió, además, toda esa lógica espiritual asiática, samurái, medio budista.

—¿Quiénes son los Darth Vader de hoy?

—Berlusconi estableció un modelo que triunfa actualmente, aunque él sería más bien el Sith original. Con él se señaliza que la política moderna y la sociedad liberal fueron capturadas y derrotadas por la industria del espectáculo. Con Berlusconi nos dimos cuenta de eso. El era explícito; no lo ocultaba. Igual que Schwarzenegger cuando fue gobernador de California, que es como un país. La revolución de las comunicaciones que ocurrió en los últimos años generó tal expansión de la industria del espectáculo, que en el fondo eso se convirtió en un fenómeno político. No es raro que uno de los grandes movilizadores políticos de Italia sea un humorista (Beppe Grillo). Los Darth Vader de hoy no son dictadores en el sentido clásico. Se salen con la suya en su autoritarismo porque proveen de elementos de entretención. Cuando hablamos de Chávez, hablamos de eso. Se le toleraban cosas porque era cool, era choro. Trump es la expresión máxima de esto. El participaba en lucha libre, actuaba en películas haciendo de sí mismo. Los Darth Vader de hoy no andan de negro ni rodeados de Stormtroopers. Andan rodeados de asesores comunicacionales.

—Como Darth Vader, Lucas también carga con su propia tragedia. De cineasta idealista pasó a ser un empresario inactivo.

—Para mí, él encarna la paradoja de California. Piensa que en San Francisco estaban los beatniks en los años 50; es decir, ya había hipsters en esa época. Venían de vuelta. California como lugar cultural era potente, era el centro del capitalismo mundial y la cultura moderna. Ahí se vino a realizar el proyecto de la modernidad, pero con todas las complejidades posibles, con gente que llegaba de todas las partes del mundo. Era un lugar nuevo, pero con todas las complejidades del mundo viejo. Pero ya no es tan así. Se está convirtiendo en un lugar viejo. Y eso le pasa a Lucas. No solo a él, sino que a todos los creadores exitosos. Cuando crean algo profundo pasan a ser parte de la cultura pop. El, además, se consumió intelectual y emocionalmente. Y lo entiendo.

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