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Rafael Otano: El último humanista de Plaza Italia

Trabaja un poema sobre el Siglo XX. Organiza tertulias en su departamento. Lee y ve películas. Así es la vida de quien escribió la historia de la transición.  

por:  La Segunda
viernes, 14 de noviembre de 2014
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Por Juan Carlos Ramírez F. 

Desde que se instaló en su departamento en Plaza Italia, Rafael Otano puede dedicarse tranquilo a escribir -y reescribir- un tremendo poema sobre el siglo XX. "No soy poeta, pero una vez que empecé... ¡no he podido parar!", explica mientras prepara café. "Es una máquina barata, pero siempre será mejor que el instantáneo", dice este ex sacerdote y periodista nacido hace 75 años en Pamplona.

Las tres piezas y living están repletas de libros, que van del clasicismo grecolatino a "Temas lentos", de Alan Pauls. Sin embargo, Otano aclara que no es un obsesivo de los libros. Muchos se le han perdido y a otros ni siquiera le ha sacado el empaque.

Hace dos décadas hacía clases de periodismo en la U. de Chile y había publicado la contundente "Crónica de la transición". Rafael Gumucio, que lo conoció a los 18 años, dice que fue un trabajo notable. "Decía cosas que ahora todos dicen, pero antes nadie se atrevía. Y estaba muy bien escrito".

Gracias al revuelo de ese libro, su autor era requerido por universidades, prensa o publicaciones académicas. Sumaba su prestigio como editor de Apsi, la revista/semillero más pop de la oposición: por allí pasaron notables como el dibujante Guillo, Roberto Merino, Nibaldo Mosciatti Olivieri, Andrés Braithwaite, Rafael Gumucio, Alberto Fuguet o Sergio Lagos.

Su amiga, la escritora Alejandra Costamagna, dice: "Además de la vastedad de sus conocimientos, Rafael es un tremendo observador. Un hombre curioso, que no pierde el asombro. Su trabajo está muy alejado de los empaquetamientos formales. Y es un gran, gran conversador".

¿Cómo terminó en esta especie de autoexilio dorado, dando cursos de filosofía en su living, asesorando a instituciones y recorriendo de incógnito el centro de Santiago? Ni él lo tiene claro.

A Otano, la figuración pública le importa un bledo. Y admite que no sabe por qué deja pasar oportunidades por las que otros ofrecerían su vida.

Serrat & Horacio

En 1970, tras llegar a Chile y abandonar los hábitos sacerdotales, lo contactó Joan Manuel Serrat, fascinado por un perfil que escribió para revista Mensaje. "Nunca habían escrito tan largo sobre mí", le dijo el catalán.

Todo eso puede leerse en "El oficio de mirar", impecable selección de ensayos editado por Cuarto Propio. Su fórmula era cruzar la herencia grecolatina o la escolástica y conectarla con Hollywood o el rock, sumándole personalísimas teorías y un toque de autobiografía. Serrat estaba tan entusiasmado que lo invitó a acompañarlo a girar por Europa. El sello pagaba todo. Otano nunca lo contactó de vuelta.

El asunto no le preocupa mucho. Tampoco la salud. "Mientras más envejezco, menos achaques tengo", se ríe. A los 12 años ingresó al seminario y luego comenzó a leer a Virgilio y Horacio. "Parecían tan planos, tan obvios. Ahora, casi 70 años después, Horacio me conmueve en cada línea. Tengo un cajón de preguntas y Horacio me responde o sencillamente me comenta las más esenciales".

Hasta hoy organiza tertulias sobre el tema en su living. Pablo Simonetti fue uno de sus alumnos. Tomó un curso de clásicos griegos y latinos durante dos años.

"Recorrimos Grecia y Roma a través de poetas, pensadores, cronistas, historiadores y dramaturgos -dice Simonetti-. Conocía a cada autor en profundidad. En el fondo, se trataba de una clase de literatura, pero bien acompañada por el contexto histórico y el desarrollo de las artes".

Luego del seminario, Otano se convirtió en sacerdote y profesor hasta que llegó a Chile en 1968. "Éramos chicos buenos, inocentes. Queríamos ser santos. ¡Y también escuchábamos pop francés!", dice. Renunció a la vida religiosa, estudió Periodismo en la UC y fue profesor. Usaba el pelo largo. Tras el Golpe, aunque no militó en ningún partido, quedó cesante. "No es que te dijeran «Estás despedido». Te lo daban a entender". Terminó siendo cofundador de la Apsi, medio que usó una fórmula genial para hablar de la dictadura: publicaban exclusivamente temas internacionales -franquismo, dictadura en Argentina, Jimmy Carter- que pudieran asociarse a lo que pasaba en Chile.

En 1977 y ya casado regresó a España. Trabajó como gestor cultural, antes que existiera ese concepto que detesta. Uno de sus libros fue material de referencia en todo el país. No tiene su firma. Sabe que fue una estupidez, dice, mientras muestra una copia. Su revancha vino al ser nombrado director del Centro Cultural de Getafe, una especie de GAM de la periferia madrileña que se convirtió en un referente. Hasta que lo llamaron nuevamente de la Apsi en Chile, en 1989.

Años Apsi

La revista fue modificada como una señal a la recién retornada democracia. De hecho salió con un eslogan: "Lo que viene". Recuerda Roberto Merino: "A Otano le tocó el mismo escritorio que había usado al principio de la revista. Se dio cuenta de que la mesa tenía el clavo salido que estaba ahí desde el 77. En un acto ritual se hizo sacar una foto en el momento de pegarle un martillazo al clavo para ponerlo en su posición correcta", relata.

Gumucio dice que Otano es alguien que le provoca simpatía. "Era muy atípico. Nunca se quitó lo escolapio, siempre tuvo mentalidad sacerdotal en el mejor de los sentidos". Dice que, bajo su mando, la revista también era atípica. "Queríamos ser la revista del destape y él, que escribía bien, era muy quisquilloso con sus textos; los entregaba cuando ya se estaba diagramando la revista".

Para Merino, Otano "era una persona inteligente, con una inteligencia que destacaba tanto como su erudición, que exhibía muy discretamente. A mí me enseñó algo que todavía utilizo: me dijo un día que mi prurito por separar el lenguaje literario del periodístico era una neurosis. Me gustaba preguntarle sobre el latín, lengua muerta en la que se movía con total propiedad".

Profesor

Otano defiende el rol de profesor. Cree en la capacidad de aprender por medio del afecto y no de andar memorizando. Muchos recuerdan las reuniones en su departamento, donde se juntaba la cr è me de la cr è me del periodismo joven y "se escuchaba a Sabina, se tomaba vino, se comían encurtidos y se hablaba", como cuenta Andrea Lagos, editora de Cultura de Medios Regionales de El Mercurio, y su alumna en Periodismo de la U. de Chile. "Llegó tan español a la sala de clases. Alto, delgado, canoso, seseante, con lentes plateados. Con él supe que existía Tom Wolfe y una entrevista que se llamaba «Ava Gardner, ¿duerme usted desnuda?» o el reportaje policial de Beth Ann y la Macrobiótica, una chica que murió por comer sólo arroz integral. Nadie antes se había dignado a mostrarnos esos clásicos".

Herejías y política

Otano también es cinéfilo. De hecho, usa a Buñuel para explicar por qué la religión sigue definiéndonos. "La teología es disciplina muy importante que explica mucho la cultura que hemos vivido. Sin saber teología uno no entiende muchas cosas de nuestra historia, ni a nosotros mismos. Por más ateísmo que haya, el ateo tiene que echar mano al conocimiento de la instituciones religiosas y planteamientos teológicos para entender nuestra historia".

Lo otro es la política. "Al igual que la ética, es una ciencia inexacta, una ventana hacia la duda, hacia el juego de lo humano. De la duda nace lo que pienso que es nuestro mejor patrimonio: el humor, la conversación, la negociación, las formas suaves y flexibles de la convicción".

Sergio Lagos siempre lo menciona públicamente. Lo conoció en la universidad y lo define como su mentor. "A los que llegábamos tarde nos hacía leer delante de todos algo que hubiésemos escrito. Me tocó leer mucho. Le gustaba lo que escribía y me llevó a la Apsi. Soy un fanático de su personalidad y amor por compartir conocimiento. Es un gran libro abierto, que te permitía detenerte y escucharlo. Y cuando habla, no lo hace desde el ego o la vanidad, sino que por un genuino amor por el conocimiento. A él le debo todo".

Antes de volver a encerrarse a continuar su poema sobre el Siglo XX -donde se lee "guerra", "pop", "Hollywood", "heavy metal" o "hipsters"- se queda mirando su biblioteca. "Los libros no son para leerlos. Son para que te esperen. Yo los miro y sé que están ahí. Algunos los he comprado hace veintitantos años, sé donde están y que algún día los necesitaré".

 
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