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Pedro Lemebel: "No defiendo a los homosexuales porque a veces no tengo nada en común con sus posturas conservadoras, reaccionarias o faranduleras"

Esta tarde a las 16:00 presenta en la Filsa "Poco hombre", donde recopila más de 20 años de crónicas del lado salvaje de la transición y su propia vida, tan elogiada literariamente pero, a la vez, marcada por la violencia de quienes temen que "se homosexualice la vida" en nuestro país.

por:  Juan Carlos Ramírez F.
sábado, 02 de noviembre de 2013
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"Hay que aprender a explotar las ventajas de ser enfermo"


-¿Se vive más tranquilo haciendo una carrera paralela al medio literario chileno?
-¿Out sider dices tú?, no sé si hago carrera, uf, que cansancio, no compito con nadie, aunque siempre me están preguntando por mis pares escritores o maricas letrados de la competencia. Pero trato de no intoxicarme con los humos arribistas del medio literario nacional. Pero un escritor no puede vivir tranquilo, si abunda la miseria humana y el descampado trágico de la supervivencia, aunque digan que este país superó la fonola tercermundista, la pobreza confitada y disfrazada por la ropa americana se siente, se vive, se la ama y se la odia.
-¿Cómo está tu salud? ¿Tenemos Pedro para rato?
-Ojalá esté superado este trance (viene saliendo de una operación por cáncer a la laringe), pero siempre fui un niño enfermo de algo, a veces era una enfermedad vaporosa e intangible, como decían por ahí. Hay que aprender a explotar las ventajas de ser enfermo, como dice estratégicamente mi amiga ensayista Beatriz Preciado.
-¿Cómo te llevas con la teoría LGBT que están tan de moda en las universidades? Esos intelectuales que hablan del cuerpo como "campo de batalla".
-A ratos me parecen nuevas formas de rearmar guetos, pero tengo que reconocer que es una explosión de discursos trasgresores interesantes que le han dado aire al desprestigiado panorama del género.
-¿Cuáles son tus proyectos actuales?
-Algunos libros: reeditar Adiós Mariquita linda, perdido por ahí. Un par de novelitas cortas, otro libro de crónicas, un libro sobre Gladys Marín, alguna performance si el cuerpo me da, algunas exposiciones plásticas con trabajos míos y de las yeguas que tengo que asumir, en fin, y viajar, partir, otra vez partir.

Pedro Lemebel acaba de lanzar "Poco hombre" (Ediciones UDP). Una contundente selección de sus textos y crónicas que presenta en la Feria Internacional del Libro de Santiago (Filsa) hoy sábado a las 16:00 hrs., en la Sala de las Artes de Estación Mapocho.

Con prólogo del afamado crítico español Ignacio Echevarría ("Se suele pensar que los escritores escriben en silencio, desde el silencio; pero él escribe con la voz, por la voz, desde su voz"), el libro va pasando desde el retrato brutal -pero conmovedor- del Santiago de la transición, hasta la confesión de alguien demasiado sensible para un país temeroso de que se "homosexualice la vida", como escribe en el fundacional poema "Manifiesto (Hablo por mi diferencia)" escrito en 1986 y que abre "Poco hombre":

"Usted no sabe/Qué es cargar con esta lepra/La gente guarda las distancias/La gente comprende y dice:/Es marica pero escribe bien/Es marica pero es buen amigo/Súper-buena-onda/Yo no soy buena onda/Yo acepto al mundo/Sin pedirle esa buena onda (...)".

Cruzados por la voz melodramática y juguetona de quien escribe en masculino y femenino a la vez, asistimos al taller de Mariana Callejas (donde se leían cuentos mientras Michael Townley y sus amigos torturaban en el subterráneo) o el incendio de la discoteca Divine; a la subcultura gay que esconde más miedo que goce; a las poblaciones callampa cuando estaban más a la vista que ahora.

Pero creer que esto es literatura es no entender nada, como el mismo Lemebel es citado en el prólogo: "Más que una construcción literaria, mi escritura es una estrategia". Algo que fascinó a Roberto Bolaño ("Travestido, militante, tercermundista, anarquista, mapuche de adopción, vilipendiado por un establishment que no soporta sus palabras certeras, memorioso hasta las lágrimas, no hay campo de batalla en donde Lemebel, fragilísimo, no haya combatido y perdido") o el gran Carlos Monsiváis -fallecido el 2010 y considerado el intelectual más emblemático de México- que lo definió como "un escritor marginal en el centro y un freak canónico, ambos hechos indisolublemente unidos por la desolación y la energía".

Lemebel es el primero en reconocer sus carencias y potenciar sus virtudes, que son muchísimas: "No sé a lo que vine a este concierto, pero llegué. Y me salió la letra como un estilete. Más bien sin letra, como una prolongación de mi mano el gruñido que llora".

-¿Qué te pasa al releer estos textos, algunos escritos hace 20 años?

-Creo que es el examen exhaustivo de un periodo de escritura concerniente al ejercicio de la crónica como género biográfico y político.

-¿Suscribes el elogioso análisis que Ignacio Echevarría hace de tu obra en el prólogo?

-No puedo pecar de egocéntrico y decirte que me embarga la fascinación y me embelesan los halagos de Ignacio Echevarría, que tampoco son tantos, porque es bien distante en su mirada analítica.

-El habla de "las marcas del carácter deslenguado", porque tus textos tienen humor y pop, también. No es casual que Carlos Monsiváis se haya fascinado con tus escritos... ¿Y Monsiváis? Ustedes tienen muchos puntos en común...

-Monsiváis, el gran cronista mexicano a quien comenté en el seminario "Utopías" en el Edificio Diego Portales, el año 91, recién instalada la democracia. El era una gran figura del ensayo latinoamericano y siempre fue muy generoso en sus comentarios sobre mis escritos. Todo el mundo cultural lo esperaba en un bar pituco después de la conferencia, y él pasó por fuera y no quiso entrar, después me contaron que lo vieron caminando distraído por la calle San Diego.

-"Manifiesto" es estremecedor. ¿Crees que, como sociedad, hemos perdido el miedo a que se homosexualice la vida? Yo veo un doble discurso: salimos a marchar por "la igualdad", pero seguimos tratando de "fleto" o "maricón" a alguien sensible.

-Fleto y maraco son construcciones homofóbicas ofensivas que no uso. Pero rescato algo que dice Néstor Perlongher hace años, abogo por "las homosexualidades" que están en cada uno o una de nosotros, nosotras. No defiendo a los homosexuales porque a veces no tengo nada en común con sus posturas conservadoras, reaccionarias o faranduleras. "Manifiesto" es un texto que ya tiene varias décadas y excede al texto, ya es una obra plástica que adquirió el Museo Reina Sofía para su colección junto a una instalación fotográfica audiovisual.

-Tus lecturas en público y presentaciones son verdaderos fenómenos. Eso lo sabes mejor que nadie: La gente te quiere, conecta, se siente interpretada. ¿Pero qué te despierta eso? ¿Te sorprende? ¿Te cuesta asimilarlo aún? ¿Lo tomas con alegría?

-Me las vivo como parte de mi quehacer como difusión oral de mi escritura. Más que performances, son puestas en escena audiovisuales como programas de radio en vivo. Y la relación que se establece con el lector-espectador tiene que ver sin duda con mi experiencia en la radio. También contribuye técnicamente en eso Constanza Farías, mi sonidista, quien viaja conmigo en este tour de letras parlantes y musiqueras. Indudablemente tiene algo de espectáculo, que me emociona y me motiva mucho más que el escribir solitario.

-¿Cómo te enfrentas a un texto? Porque por un lado, eres un gran observador -no un turista- de las grietas de Chile. Pero por otro, escribes como fluyendo. Como si fueras un río... ¿No te parece precisamente que tu prosa es una lucha por escapar del alfabeto del que hablas en "El abismo iletrado de unos sonidos"?

-Siempre regreso al epígrafe de mi primer libro de crónicas, "La esquina es mi corazón", "Errar es un sumergimiento en los olores y los sabores, en las sensaciones de la ciudad. El cuerpo que yerra conoce en-con su desplazamiento". Este texto de Perlongher, poeta y antropólogo argentino, definió en ese momento mi estrategia en la crónica urbana. Después con los años me hice otra cosa mariposa, la ciudad también cambió de piel y de colores y me embetuné en esa transformación zoomorfa de la inmigración latina y sonora. Más que letras, es un abismo de olores y sabores y hablas que permean la página donde agoniza y delira mi desear trashumante. Venga el bu...

-Es interesante también la mirada que posas sobre los jóvenes. Eres capaz de ver todo el dolor y la necesidad de ternura en un delincuente...

-"El pequeño delincuente que soñaba ser feliz" es una crónica casi literal de lo que viví una noche del año noventa regresando a mi casa en San Miguel. Creo que ese texto fue premonitorio de lo que sería el acontecer delictual de esta ciudad. Pero en ese momento, la delincuencia juvenil tenía un dejo de ternura, orfandad y carencia, más romántica. Ahora influida por el comercio carnal de la farándula y la exposición obscena de la tele, la delincuencia es un ejercicio de crueldad descarnada de estos tiempos.

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