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Santiago a Mil: "La muerte y la doncella", el peso del contexto

Ahora a cargo de Moira Miller, la pieza de Ariel Dorfman tuvo dos versiones anteriores, en dos momentos políticos diferentes: un montaje dirigido por Anita Reeves en 1991 y un segundo, con Abel Carrizo a la cabeza, en 2000.

por:  La Segunda / Soledad Lagos R.
miércoles, 09 de enero de 2013

Antonia Zegers y Erto Pantoja en el reestreno que forma parte de "Memoria 1973-2003".


El deseo de todo dramaturgo

Por Marco Antonio de la Parra

El éxito mundial de LA MUERTE Y LA DONCELLA ya se lo quisiera cualquier dramaturgo. Estrenada en lo que puede haber sido el peor momento del teatro chileno para llevar a escena algo ligado a la dictadura, recién viviendo la transición, pasó sin pena ni gloria por Chile para instalarse luego en los más importantes escenarios del mundo.

Me tocó verla en pleno éxito en Broadway, donde se estrenó el 17 marzo de 1992, dirigida por Mike Nichols ("El Graduado") y con un elenco impresionante: Glenn Close, Gene Hackman en el rol del supuesto torturador, y Richard Dreyfuss. La sala estaba repleta y el aplauso fue estruendoso. Era muy estimulante ver esos tremendos actores en un montaje que tuvo 159 funciones.

Poco después la vi en un estupendo montaje español y al cabo de unos años apareció la película dirigida por el tremendo Roman Polanski, estrenada en marzo de 1995 con Sigourney Weaver en el papel de Paulina y Ben Kingsley en el rol del Dr. Miranda.

El manejo de la claustrofobia y la ambigüedad del mal de Polanski consiguió un contundente filme rodado en parte en Chile y en Galicia, aunque no se nombraba el país en cuestión.

La crítica comentó bastante bien la película, aunque "The New York Times" señaló, insidioso, que "el brillante manejo de cámara de Polanski convierte la bien intencionada pero pretenciosa obra de Ariel Dorfman en una desgarradora experiencia".

"Washington Post", para rematar, señaló que el toque de Polanski era limitado y calificó la pieza de Dorfman como una "radical chic play".

Sea como fuere, durante los años 90 LA MUERTE Y LA DONCELLA se convirtió en una de las obras latinoamericanas más estrenadas en el mundo, alabada por Harold Pinter, polémica y discutida. Cada cierto tiempo vuelve a la cartelera chilena interrogando a nuestro público. ¿Es una radical chic play o es una pieza teatral que maneja muy bien el tema de la tortura y la reconciliación imposible en un país como el nuestro?

La discusión está abierta.

En la atingente puesta en escena de "La muerte y la doncella", de Ariel Dorfman, dirigida por Moira Miller -con Antonia Zegers, César Sepúlveda y Erto Pantoja- gravitan dos versiones teatrales chilenas anteriores.

Hoy en día, con la distancia respecto del tema y los hechos, es posible incluso plantearse la ambigüedad de la relación entre víctima y victimario, impensable en el ocaso de la dictadura. El diseño integral de Eduardo Jiménez remite más a un espacio urbano actual que a una casa en la playa de la época aludida, lo cual hace que los espectadores deban revisar sus propias percepciones sobre espacios cotidianos que, en forma inesperada, pueden convertirse en siniestros.

Anita Reeves fue invitada por María Elena Duvauchelle y Ariel Dorfman a dirigir la primera versión , estrenada en marzo de 1991 en el Teatro de la Esquina , tres días antes de que el Informe Rettig fuera dado a conocer por cadena nacional. En conjunto con el autor, los actores y la directora trabajaron durante más de un mes en un texto que, por dejar demasiadas interrogantes abiertas, precisaba acciones escénicas acotadas para constituirse en puesta en escena. Los personajes masculinos fueron encarnados por Hugo Medina y Tito Bustamante.

Al mes siguiente de estrenada la obra, ocurrió el asesinato de Jaime Guzmán.

Un público compuesto por familiares de torturados, detenidos-desparecidos, ejecutados políticos, por primera vez en forma abierta, recién iniciada la re-democratización del país, se acercaba a mirar cara a cara su propio e insondable sufrimiento en formato de obra teatral.

Amparado en la oscuridad de la sala y gracias a la solidez de las actuaciones, ese público suspiraba, sollozaba a veces en forma ahogada, pero una vez concluida la función, no aplaudía. Se quedaba en silencio, largos minutos, conmocionado internamente.

Arguyendo debilidades artísticas, la crítica de la época se encargó de destrozar esa primera puesta en escena. El país estaba en la etapa de la "justicia, en la medida de lo posible".

Aun así, con una silla y, al costado derecho del escenario, sólo una gran plancha de metal como escenografía y con música a cargo de Andreas Bodenhöfer y la sonoridad del cuarteto para cuerdas en Re menor Nº 14, D 810, de Franz Schubert -conocido como "La muerte y la doncella"-, la obra estuvo dos meses en cartelera.

Ana Reeves sostiene: "Después de una debacle, la gente necesita juntarse, saberse contenida, comprendida, tener la certeza de que es posible llorar sin ser débil, dialogar acerca del horror desde la dignidad del ser humano, no desde la condición de víctima. En ese tiempo, vastos sectores de la sociedad afirmaban que la tortura era una invención y esta obra la mostraba de modo explícito. Comenzamos a hacer pequeños foros después de las funciones y la gente se quedaba, necesitaba hablar de lo sucedido".

Ella misma no fue capaz de volver a escuchar nunca más la pieza musical de la que la obra de Dorfman toma su título.

Impactantes situaciones de tortura

Abel Carrizo dirigió la segunda versión, estrenada en abril del 2000 en el Teatro Municipal de Valparaíso . En Santiago, estuvo en el Teatro de la Universidad de Chile en el mes de mayo. Actuaban Norma Norma Ortiz, Rodolfo Pulgar y Ramón Farías y, en algunas funciones, el entonces diputado Nelson Avila. Yenny Pino, Humberto Cares, Claudio di Rocco, Manuel Miranda y Alex Rivera completaban el elenco.

La puesta en escena ocurría en dos dimensiones, con actores que narraban y otros que operaban como dobles, mostrando los estados anímicos de los personajes y sus recuerdos. Dos personajes vestidos de uniforme remitían a la presencia de los militares. En los comentarios críticos sobre esta segunda versión, se elogian las actuaciones y se destaca la escenografía de la obra, a cargo de Ignacio Covarrubias: una casa con una terraza y algunas habitaciones, con un armazón de fierro que permitía que los dobles de los personajes recrearan impactantes situaciones de tortura, además de una pantalla de televisión donde las palabras de arrepentimiento del hombre que el personaje femenino identifica como su torturador quedaban resonando en la sala. Asimismo, se afirma que tanto la iluminación, responsabilidad de Sergio Contreras, como el sonido de Pablo Toledo y la asesoría musical de Eugenio Parra -el cuarteto de Schubert se ejecutaba en vivo por los músicos- contribuían a la creación de atmósferas asfixiantes y angustiosas.

En enero de 2013, en un contexto socio-político-económico-cultural distinto, la versión dirigida por Moira Miller -que ya tuvo se estreno en marzo de 2012- requerirá espectadores dispuestos a reflexionar acerca de uno de los períodos más sombríos y vergonzosos de nuestra historia. Una vez más, el teatro pone sobre el tapete temas incómodos, que muchos preferirían archivar para siempre.

"La Muerte y la Doncella". Sala Antonio Varas. Hoy y hasta el sábado 12, 20:00 horas. Duración: 90 minutos.

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