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Una pieza perfecta a CORAZÓN ABIERTO

por:  La Segunda / Marco Antonio de la Parra
miércoles, 11 de enero de 2012

Hay un punto de inflexión evidente en la carrera de Aline Kuppenheim.

Tal vez el año 2005 en que publica un libro de cuentos infantiles ilustrados por ella con un detallismo gozoso, dibujado prolijamente a tinta china y coloreado con acuarela (libro indispensable pensado para el lector más niño e incluso el prelector).

Tal vez en ese momento decide que su exitosa carrera de actriz, en la cual la imagino más exigente respecto a los trabajos que elige, no es su completa vocación y funda, junto a Paola Giannini —y luego sumando a Loreto Moya y Santiago Tobar y en este último montaje a Paula García—, el Teatro Milagros, al cual le debíamos ya esa verdadera joya diminuta que es “El Capote”, producto de un trabajo minucioso desde la construcción de los títeres de varilla hasta el vestuario, justo y preciso. Han pasado años con este espectáculo en gira e ignoro cuándo acometieron SOBRE LA CUERDA FLOJA, su última pieza, estrenada ayer en la noche en el Centro Cultural San Joaquín.

El resultado —como era de esperar, contada la disciplina del elenco— es óptimo y sin lados flacos. Tomaron una pieza teatral, casi un cuento para niños, de Mike Kenny, considerado uno de los diez autores vivos más importante del teatro británico, a pesar de su dedicación a este particular público que son los niños y los jóvenes entregados, con suerte, a un teatro infantil a veces sin criterios de calidad suficientes.

El texto de Kenny es premeditadamente sencillo, de energías menores, tierno, dulce, discreto, parece cercano al minimalismo norteamericano o a la tradición rusa que abrió Antón Chéjov. No esperen heroísmos ni para nada melodrama.

El grupo acomete la tarea de montar este cuento-obra respetando su trama diminuta: la niña y el abuelo, y las dudas de la niña acerca de adónde se fue la abuela que no está como todos los veranos.

La trama está suficientemente relatada y tal vez no debió serlo.

El ligero punto de intriga, ligero como una pluma, contribuirá a la conmoción del espectador al cual los muñecos le abrirán el corazón, entregándoles una experiencia de esas únicas, epifánicas, en que se agradece que el teatro exista.

Combinado con zonas de cine en stop motion, género al que me confieso adicto, superan el apoyarse solamente en ello arriesgando con la manipulación casi a vista, al estilo del bunrako japonés, con los operadores vestidos de negro como los kuroko del kabuki más tradicional, desapareciendo en la penumbra, casi del todo invisibles.

La diminuta historia, mínima, “sin heroísmos, por favor”, como señalaba Raymond Carver, de esta niña y este abuelo va encantando progresivamente a un público donde, estando lleno de niños, no vuela una mosca en los más o menos 50 minutos que dura la función.

Sobrecogidos por la emoción, los niños se meten por entero en esta pieza de equilibrio justo y los grandes dejan su cabeza en el guardarropa para rescatar su inocencia, fundamental a la hora de apreciar el trabajo menor y moroso del elenco de Teatro Milagros.

La trama ojalá ni la lean en el programa. Déjense llevar por una historia con imaginación más que fantasía, con un mirar las cosas sencillas y corrientes y déjense llevar por uno de esos dramatismos pequeños, muy pequeños, del cual los niños podrían sacar todas las preguntas del mundo.

El cierre del espectáculo llega correcto, justo y preciso en una composición de ritmo magistral y el público corona con entusiasmo en el aplauso el evidente desarrollo de esta compañía. La escena del baile de abuelo y nieta escuchando a los Rolling Stones es de antología.

En Chile no son pioneros ni los únicos. Cabe recordar el deslumbrante trabajo del grupo dirigido por Muriel Miranda, que eligió contar historias para adultos apelando al candor y capacidad de asombro del público mayor de edad, y momentos gloriosos de la desaparecida agrupación La Troppa, entre otros.

Teatro Milagros opta por algo mucho más sencillo, fino, tenue, eligiendo este relato-pieza teatral de Mike Keeny para desplegar este arte mayor que es el uso del muñeco en el sitio del actor.

Heinrich Von Kleist ponía el teatro de marionetas sobre el del actor. Algunos grupos han cruzado en escena actores y muñecos. La marioneta, el títere, ese cuerpo que es nuestro doble y que nos sorprende mientras más se nos parece, es el que le permite a SOBRE LA CUERDA FLOJA convertirse en un espectáculo cautivante, atractivo, sugerente, tierno hasta la médula y muy lejos de toda cursilería o extremo. Tal vez el actor muere para que entre el muñeco a escena, tal vez un muñeco sea mejor actor que un ser humano, tal vez todos somos muñecos.

Si asiste durante el Santiago a Mil, en el Espacio Matta o en el Centro Cultural San Joaquín persiga ubicaciones muy cercanas al escenario y muy centrales. Sin duda, en una sala pequeña, muy cerca del escenario, el espectáculo ganará todavía mucho más.

Inician un largo camino de éxitos una vez más y se lo merecen. Entre los aplausos subió a escena Almendra Swinburn, que hace la voz de la niñita en el doblaje y está increíble. Echamos de menos a Nelson Brodt, que construye desde la voz este abuelo más bien joven y reflexivo que dulcemente intenta distraer a su nieta en unas vacaciones de verano que tienen un secreto muy particular.

Lleven el corazón abierto desde casa. El resto del milagro lo hace el grupo, que por algo lleva el nombre que lleva.

No se lo pierda.

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